«He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria
para dejarla en manos de los políticos.»
Charles de Gaulle, político francés
Sancho comenzó su segunda etapa como diputado con más fuerza si cabe. Ponía un extremo cuidado a la hora de seleccionar el botón de sí, no o abstención en las diferentes votaciones, según lo que hubiese determinado su partido. Además, comenzó a participar en algunas comisiones parlamentarias, lo que le proporcionó más visibilidad y un aumento de sus ingresos. Las cosas iban viento en popa y, para celebrarlo, invitó a Petunia a cenar en un restaurante que le había recomendado otro diputado.
Se puso su mejor traje, de seda italiana, en color azul oscuro, combinado con una corbata roja y unos gemelos de plata que le había arreglado su mujer. Ella, por su parte, eligió un espectacular vestido rojo, complementado por un juego de gargantilla y pendientes de oro y circonitas que refulgían como si fueran auténticos brillantes.
Al entrar en el restaurante, mientras Sancho dialogaba con el metre, Petunia se miró a sí misma y a su marido en el espejo que presidía la entrada. Estaban impresionantes, parecían una pareja de actores de Hollywood. El metre los acompañó a la mesa que tenían reservada y, a medida que avanzaban por el pasillo, se imaginó que era una modelo desfilando, acompasando sus andares al flow que transmitía Sancho con su atractivo porte.
Cuando por fin se sentaron en la mesa, Petunia echó una mirada global por la estancia. A su alrededor vio diversas parejas, la mayoría entre cuarenta y cincuenta años, en algunos casos solas y en otros, acompañadas por niños. Pero en todas ellas se reflejaba el glamour, el poder que da el dinero. Y ellos estaban allí, rozando el éxito. Estaban triunfando.
Sancho eligió un vino a la carta y un minuto después, el camarero estaba llenando una copa para que lo probase. Tras un extenso ritual, en el que removió el vino en la copa e introdujo su nariz para aspirar los aromas, metió un pequeño sorbo en su boca, paladeándolo lentamente. Pidió al camarero que le llenase un poco más su copa y también la de Petunia, haciéndole a esta un gesto con la mano para que esperara. Le dio otro sorbo, esta vez más largo, bebiendo más de la mitad.
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