08. Cualquiera puede ser presidente

«Un traidor es cualquiera que no esté de acuerdo conmigo.»

Jorge III, monarca británico

—Cari, ¿sabes lo que dijo ayer Gómez Quintanar en la entrevista? —le comentó Petunia a Sancho, mientras ponía la cafetera para desayunar.

La noche anterior se habían quedado para ver la entrevista del que en esos momentos era el secretario general de Progreso Social en un conocido late show, pero Sancho se quedó dormido y se había perdido más de la mitad.

—¿Qué dijo? ¿Algo interesante?

—Hablaron de muchas cosas, pero me llamó la atención una frase que dijo. Comentó que, en nuestro país, hay cientos de miles de personas que podrían llegar a ser presidente del Gobierno. Qué modesto es, ¿verdad? Es supermajo y superhumilde.

—Sí, sí que lo es —dijo Sancho, sintiendo un puntito de celos.

—Oye, y si cualquiera puede llegar a presidente, ¿por qué no puedes serlo tú? Mira, en cierto modo, eres parecido a él, pero como una versión mejorada, 2.0. Parafraseando el lema de las olimpiadas, eres más alto, más guapo y más fuerte —la última frase arrancó una sonrisa de su marido.

—Sí, la verdad es que sí. Soy todo eso. Quiero decir que sí, que lo he pensado. Lo que pasa es que no es tan fácil. Ya sabes lo que me ha costado llegar a diputado, y escalar en el organigrama del partido es complicado. Hay que estar en el momento justo en el lugar adecuado, tocar muchas teclas y hacer mucho la pelota. Y, aun así…

—Mira, te voy a decir cómo lo veo yo. A veces es mejor tener una visión externa de las cosas; si no, los árboles no te dejan ver el bosque. Esta es una época de muchos cambios, en todos los partidos, incluido Progreso Social. Se habla de dar el poder a la militancia, de hacer primarias. Ahí tienes un nicho interesante: convertirte en el defensor del militante de base.

[…]

Sancho hizo todo lo posible por ir ganando apoyos, pero nada hubiera sido posible de no haber contado con el apoyo de Águeda Martínez, la todopoderosa lideresa que dirigía con mano de hierro una de las regiones más importantes del país por su peso electoral.

Águeda era vista desde hacía tiempo como la persona nacida para liderar el partido en aquellos momentos tan convulsos, pero tenía elecciones próximamente y todavía no quería abandonar su región para dar el salto a la política nacional, así que estaba realizando diversos contactos con los candidatos a las primarias.

Sancho cogió el tren para ir a hablar con ella. Era el tren que podía cambiar su vida y no podía perderlo, así que llegó con media hora de antelación a la estación. Mientras esperaba, recibió un mensaje de Petunia.

—Suerte, cari. Y hazte valer, ¿eh? Que tú vales mucho.

Mientras veía pasar el paisaje a toda velocidad desde la ventana del tren rápido, Sancho reflexionó sobre la montaña rusa que había sido su vida en los últimos años.

«No concejal».

«Concejal».

«No diputado».

«Diputado».

«Otra vez no diputado».

«Profesor asociado de universidad».

«De nuevo diputado».

Y ahora iba a verse con la futura líder del partido. Esto pintaba muy bien, quizás le ofreciese ser ministro o incluso vicepresidente en un próximo gobierno.

[…]

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