09. La secretaría general del partido

«Los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río.»

Nikita Kruschev, político ruso

Las siguientes elecciones generales estaban relativamente cerca, así que Sancho debía empezar a ejercer su liderazgo desde ya. Al día siguiente, acudió a la sede del partido y cogió el ascensor para subir hasta la «planta noble», donde se ubicaba su nuevo despacho. Observó que en la puerta todavía lucía la placa con el nombre del anterior secretario general.

—Tengo que empezar a hacer cambios ya —se dijo en voz alta, riéndose de su propio chiste.

Se sentó en el impresionante sillón que presidía la estancia y, girándolo, admiró las bonitas vistas que tenía a través del enorme ventanal.

«Quién me iba a decir esto apenas hace un par de años, cuando estaba dando clases como profesor asociado en la universidad, por apenas unos cientos de euros al mes.»

De repente, alguien llamó a la puerta. Era su nueva secretaria.

—Disculpe, don Sancho.

—No, por favor. No me trates de «don» —respondió, engolando la voz—. Estamos entre compañeros.

—Como quieras —dijo ella, con una sonrisa.

—Pero mejor de usted. Y especialmente, si hay alguien delante.

Sancho sabía que los primeros días en el partido eran importantes para afianzar la confianza, pero también el respeto. Su liderazgo nunca debería ser puesto en duda.

—De acuerdo, como quiera —respondió la secretaria, algo azorada—. Si necesita algo, pulsando la primera tecla del teléfono, marca mi extensión, ¿de acuerdo?

—No, no necesito nada. Y ahora, si me disculpas, tengo que hacer unas llamadas importantes.

Ella entendió que debía dejarle solo y se dirigió hacia la puerta; pero, antes de llegar a ella, Sancho la llamó.

—Disculpa…

—Amalia —aclaró ella.

—Sí, claro, Amalia… Sí que puedes hacer algo por mí. Tengo que empezar a hacer cambios en el partido y es importante que todo comience a estar ordenado, cada cosa en su sitio —explicó, haciendo un gesto con las manos, como si colocara un objeto imaginario—. Encárgate de que, cuanto antes, pongan la placa con mi nombre en la puerta del despacho.

—Desde luego. ¿Desea alguna cosa más?

—Sí, otra cosa importante. Así no puedo trabajar, tengo que recargar las pilas. Necesito un café. Largo, en vaso, con una nube de leche de almendras y un sobre de sacarina.

—Enseguida se lo traigo.

Cuando se marchó la secretaria, cogió el teléfono móvil y eligió un número entre los favoritos de su agenda.

—Le habla el secretario general de Progreso Social —dijo, fingiendo una voz robotizada.

—¡Qué tonto eres! —rio Petunia—. ¿Qué tal tu primer día como gran jefe?

—Tengo una sensación agridulce. Por una parte, ¡esto es una pasada! Estoy donde quería estar, tengo un despacho estupendo, con unas vistas preciosas, y dirijo uno de los partidos más importantes del país… El más importante, sin duda —corrigió—. Y desde aquí, espero llegar más pronto que tarde a la presidencia del gobierno.

—Es fantástico, cari —dijo ella con tono alegre—. ¿Cuál es el problema, entonces? Porque has dicho que era «agridulce».

—Lo malo es que hay mucho por hacer. El último resultado electoral ha sido muy malo para nuestros intereses, así que toca remontar. Creo que aquí en el partido hay mucha gente acomodada. Menos mal que he venido yo para regenerarlo.

—Sí, no te preocupes. Ya verás cómo poco a poco vas cambiando ese viejo partido, toca ya renovarse.

La conversación se fue prolongando y comenzó a notar un fuerte pinchazo en la cabeza. ¿Dónde estaba ese café que había pedido?

***

Amalia salió del despacho pensando en cómo responder a la solicitud del nuevo líder del partido.

«Me parece que un café tan especial no lo voy a conseguir en la máquina de recepción. Iré al bar de enfrente, a ver si tengo suerte.»

Tras esperar un par de minutos para cruzar, entró en el establecimiento y solicitó al camarero que atendía la barra el café que le había encargado su jefe.

—Leche de almendras no tengo. ¿Le vale de soja?

—Ostras, pues no sé, quizás sí. Pero ¿y si es alérgico a la soja? No, no puedo arriesgarme.

—Si no, puedo hacerlo con leche de vaca, de la de toda la vida. Normal, semi o desnatada, como prefiera —propuso el barman.

—Huy, eso, menos. Si ha pedido leche de almendras, será por algo. Nada, no te preocupes, intentaré conseguirlo en otro lado.

Amalia hizo una búsqueda en Google: «cafeterías leche de almendras». Para su sorpresa, el buscador le mostró varios resultados, algunos no muy lejos de allí, por lo que decidió ir andando. A medio camino, pensó:

«Hay unos quince minutos de distancia desde la cafetería hasta la sede. Cuando llegue, el café estará frío. ¿Qué puedo hacer? ¡Piensa, Amalia!»

Tuvo una idea. Abrió nuevamente el buscador y localizó los bazares chinos que había por la zona. Afortunadamente, solo tendría que desviarse un poco para llegar a uno de ellos. Allí, compró una jarra térmica, y con ella se dirigió hacia la cafetería.

Cuando llegó, eran casi las doce de la mañana y el local estaba repleto. En los alrededores había una sede ministerial, un instituto y varias oficinas bancarias, por lo que, a esas horas, en el bullicioso local no cabía ni un alfiler.

«Uf, esto parecen los sanfermines. A ver cómo llego hasta la barra.»

Esquivando a la gente como pudo, Amalia logró llegar hasta allí y, tras varios intentos, consiguió que un camarero le hiciera caso. Cruzó los dedos para que tuvieran todos los componentes del café; si no, tendría que ir a otra cafetería, a unos diez minutos de distancia. Por suerte, estaban bien surtidos.

—Aquí tiene su café.

Ella sacó el termo y vertió el contenido en él. Pagó apresuradamente, y salió rauda hacia la sede del partido. Su jefe la estaba esperando. Quince minutos después, llamó a la puerta.

***

—Pasa, Amalia. ¿Me traes el café?

—Sí, disculpe, don Sancho. Digo… Sancho. He tenido que ir a buscarlo a una cafetería que estaba un poco lejos, en el bar de enfrente no había leche de almendras. Y he tenido que comprar un termo para que no se enfriara.

—Es igual, no importan los detalles—dijo él, sintiéndose magnánimo.

Estaba deseando tomárselo de una vez. El dolor de cabeza iba en aumento, no había podido trabajar en toda la mañana por culpa de aquella migraña. Ella sacó el termo y comenzó a llenar un vaso de plástico que había cogido en la máquina de recepción.

—¿Qué estás haciendo? ¿No hay vasos de cristal?

—No, bueno… He cogido este vaso de la máquina de la recepción. Aquí no tenemos vasos de cristal.

—Me adaptaré, entonces. Por lo menos, en este caso —Sancho necesitaba el café ya—. Pero, apunta: hay que comprar inmediatamente unos vasos de cristal, de esos que tienen un asa metálica. Es como mejor me sabe el café, pierde mucho en los de plástico.

Amalia asintió con la cabeza y le puso el café a Sancho sobre su mesa. Le preguntó si deseaba alguna otra cosa y, ante su respuesta negativa, salió del despacho.

«Uf, hay mucho que hacer aquí. Y espero que todos empiecen a funcionar mejor. Si por un simple café he tenido que esperar casi una hora, no quiero imaginarme cuando quiera hacer cambios estructurales.»

***

Apenas un año después de hacerse con el liderazgo del partido, Sancho se enfrentó a sus primeras elecciones generales. Su mensaje no caló demasiado entre los votantes, algo que achacó a una situación social turbulenta, tras haber pasado varios años de crisis económica, una situación que propició el ascenso de algunos partidos populistas. Además, Sancho consideraba que todavía no había modificado la estructura de la organización, que empezaba a ser visto por muchos como un ente caduco, inerme. Tenía que tomar medidas urgentes. En la sede de Progreso Social, un grupo de veteranos dirigentes comentaba la caída libre en la que estaba su partido.

—No sé qué más podemos hacer, hemos perdido mucha base social.

—Sí, y este chico nuevo que tenemos de secretario general, no sé qué está haciendo.

—Ya te digo. No se entera. Hace poco, aún me estaba trayendo cafés y ahora está de jefe. Para mí que se le ha subido el cargo a la cabeza.

—Compañeros, creo que lo mejor es que vayamos a hablar con él, hay que dar un giro de timón a esta situación.

Subieron al despacho de Sancho y llamaron a la puerta, sin hacerse anunciar por la secretaria. Sancho les mandó pasar, pensando que era ella. Al ver a los cuatro dirigentes, su cara se transfiguró por unos instantes, entre la sorpresa y la ira, pero rápidamente ocultó sus emociones.

—Hola, no sabía que tenía una cita con vosotros —soltó una pulla.

—Hola, Sancho —respondió el más veterano—. No, no habíamos quedado. Pero hemos estado hablando, y creemos que hay que tomar medidas urgentemente.

—Sí, estoy de acuerdo.

Observó detenidamente a sus interlocutores. Se jactaba de calar bien a las personas y saber leer entre líneas.

«De los cuatro que han subido, el más veterano es el que lleva la voz cantante, claramente es el cabecilla. Le llamaré Número 1».

«Los dos que se sitúan a sus lados asienten con la cabeza mientras el otro habla. Son sus lugartenientes, Números 2 y 3».

«El cuarto componente del grupo se ha situado un poco más atrás. Es el más joven, de una edad similar a la mía o quizás un poco menos. Es un seguidor, posiblemente ha sido arrastrado por los otros. Número 4».

—¿Y bien? ¿Tenéis alguna propuesta?

—Los datos están claros —afirmó el líder del grupo—. Estamos yendo a la deriva, Consigamos no está lejos de adelantarnos.

—Si seguimos así, podríamos desaparecer como partido —añadió Número 2.

—De acuerdo, el diagnóstico está claro. Pero ¿cuáles son las soluciones que proponéis?

El dirigente más veterano observó a Sancho mientras hacía esta pregunta. Quizás no fuera tan mal líder después de todo. Se estaba mostrando dialogante y abierto a sugerencias. Aunque, por otra parte, permanecían de pie; no les había invitado a sentarse en ningún momento.

—¿Te acuerdas de cómo ganó en su día Fernando Fernández sus primeras elecciones? Quizás no lo recuerdes, eras todavía un niño.

«Iris tidivíi in niñi. Ñi ñi ñi.»

—Hizo una campaña basada en el cambio —continuó Número 1—. La gente tenía ganas de renovación, y ahora sucede lo mismo. Eso es lo que tenemos que ofrecer a los votantes.

—Sí. Renovación, entiendo —dijo Sancho, mientras cogía una agenda para anotarlo.

Animado por la buena acogida que habían tenido las palabras del líder del grupo, Número 3 añadió:

—Sí, eso es. Necesitamos caras nuevas para un proyecto nuevo. Mira los de Consigamos, partiendo de la nada, han conseguido un montón de escaños. Algo podemos aprender, ¿no?

—No podemos permitirnos más fallos —añadió Número 2.

—Quizás la situación requiera cambios estructurales — respondió Sancho con voz grave, mientras continuaba realizando anotaciones su agenda—. Dejadme que lo medite y volveremos a hablar en unos días.

El grupo salió del despacho más animado de lo que había entrado.

—Oye, pues no ha estado tan mal, ¿eh?

—Sí —reconoció el más veterano—. Es más majo de lo que pensaba.

—Y dialogante —añadió Número 4, que no había abierto la boca en toda la reunión—. No sé si os habéis fijado, pero ha anotado cuidadosamente todas nuestras propuestas.

[…]

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