Un gobierno limpio

Tras una jornada de duro trabajo, Sancho entró en la ducha, mientras repasaba mentalmente algunos de los acontecimientos con los que la barrosfera acosaba a su gobierno.

—Jodrrr, es que no tienen arreglo —dijo en voz alta (un observador imparcial no sabría si se refería a los de la barrosfera o al propio Ejecutivo).

Tras unos instantes bajo la ducha de hidromasaje, incrementó la temperatura, primero hasta los 40º C, y a continuación hasta los 45º, para relajar los músculos. O quizás para estar en consonancia con su propio interior, ya que, cuanto más pensaba en los ataques («injustificados, obviamente») que estaba recibiendo, más se calentaba.

—Si es que… ¡menuda inventada! —volvió a hablar consigo mismo—. Piensa el ladrón que todos son de su condición, jajaja.

Tras aclararse el champú, envolvió su cabello con una generosa cantidad de mascarilla —que le cogió prestada a Petunia— y se embadurnó todo el cuerpo con gel de coco. Mientras esperaba a que el compuesto hiciese el efecto deseado en su pelo, se acomodó bajo el relajante chorro de agua caliente, pensando ya en la importante reunión que tenía un par de horas después.

Cuando por fin salió de la ducha, el vaho impregnaba todo el cuarto de baño, por lo que tuvo que limpiar el espejo para poder ver su imagen reflejada. Miró el reloj para ver cómo iban de tiempo, y mientras se secaba, le pidió a Petunia que se diera prisa en prepararse, que no quería llegar tarde a la reunión.

«Más que nada, porque, conociendo a los que van, seguro que no me dejan ni un canapé para probar.»

Mientras ella se duchaba, Sancho fue eligiendo la ropa que se iba a poner para el evento («informal, pero arreglado, que soy el presidente») y se dirigió al armario donde guardaba sus colonias.

Durante unos segundos estuvo observando los diferentes frascos, sin terminar de decidirse. Cogió con su mano izquierda una de un conocido cantante (que contaba con una gran diversidad de fragancias en el mercado) y en la derecha, la de una famosa marca francesa de alta perfumería. Después de unos momentos de duda, se decidió por la primera.

«Es la que he cogido con la mano izquierda. Es un símbolo de progreso, ¿no?»

Mientras se echaba la colonia con esmero, observó el aspecto de su cabello. Le había quedado bien con la mascarilla, pero la luz del espejo resaltaba las numerosas canas que comenzaban a poblarlo.

«Quizás podría echarme un poco de la espuma esa que tiñe el pelo, para disimularlas.»

Un rápido vistazo a su reloj le hizo ver que no tenían mucho tiempo ya, teniendo en cuenta el que necesitaban para desplazarse hasta el lugar donde se realizaría el evento, por lo que apremió a Petunia.

A los pocos minutos, oyó que ella salía de la ducha y comenzaba el que denominaba «su ritual de belleza». Viendo que no iban a llegar a la hora acordada, Sancho envió un mensaje a uno de sus colaboradores para que no empezaran el acto sin que ellos hubieran llegado (aunque solo fuera por no quedarse sin probar los entrantes).

Cuando por fin apareció Petunia, estaba espectacular, igual que él. Ambos se miraron ante el espejo y sonrieron. Estaban resplandecientes. Ciertamente, el tratamiento de ácido hialurónico que se habían hecho tenía efecto. Llamaron al chófer y se dirigieron al convite.

***

Los buenos oficios del conductor (además de un discreto dispositivo de seguridad que «limpió» previamente el camino) permitieron a la pareja presidencial llegar al lugar del evento con bastante puntualidad. A la puerta salió a recibirles un hombre con un traje de excelente corte, posiblemente hecho a medida, cuyo engominado pelo estaba en perfecto estado de revista.

—Buenas noches, señor presidente, y señora. Acompáñenme, por favor.

Sancho echó un rápido vistazo a su interlocutor, quedándose ciertamente impresionado. Desde luego que era un sitio de alto standing, si el metre vestía de esa manera.

Se dirigieron a un salón reservado, donde esperaban ya al presidente otros invitados. Entre ellos, el ministro de Justicia, Alejandro Avendaño; la titular de la cartera de Caudales Públicos, Juana Barros; y la de Ecología, que tenía una copa de Ribera del Duero en la mano. Y, por supuesto, el homenajeado, al que Sancho se dirigió en primera instancia.

—Felicidades, Joan. No todos los días se cumplen sesenta años —dijo Sancho, al tiempo que le daba un abrazo.

—Sí, es verdad. Y qué mejor manera de hacerlo que disfrutando de buena compañía —contestó Vert, en tono afable.

Sancho observó a sus ministros, que rodeaban la mesa donde se distribuían los canapés y se hizo un hueco para probar aquellas delicias. Sabía que —como bromeaba a veces un ministro de Consigamos— en eventos de ese tipo, si se despistaba charlando se quedaba sin nada, porque «no hay que hablar con la boca llena».

Atacó con decisión el jamón «7 jotas», para luego pasar a otros bocados más elaborados, como las anchoas de Santoña sobre cama de tomate Raf y aguacate, la ostra Guillardeau con crema de chufa, dados de manzana y polvo de cacao y un estupendo pulpo a la brasa sobre cama de patata rota con aceite de pimentón de La Vera.

Durante unos minutos, los invitados comieron prácticamente en silencio; parecían hambrientos, después de un duro día de trabajo. Sancho observó que todos habían venido bastante elegantes (no tanto como él y Petunia, por supuesto), pero se notaba que habían pasado por casa al salir del trabajo. Se les veía aseados, impolutos, pulcros.

«Para que luego digan que este no es un gobierno limpio».

Pasaron posteriormente a una estancia anexa, donde estaba dispuesta la cena. En ese momento, se incorporó a la fiesta alguien con quien Sancho había hablado recientemente por teléfono, aunque prefería que no se mencionase su nombre. Le llamaban La Voz, y había viajado miles de kilómetros en su jet privado, para asistir a esa cena.

La Voz tenía una importante posición en su país, de manera que esa cena podía servir, además de para felicitar a Vert por su cumpleaños, para afianzar las relaciones diplomáticas. Sancho no podía estar más satisfecho. El buen ambiente acompañaba, y la fantástica organización de la cena era un plus para conseguir buenos acuerdos.

Al finalizar la cena, Sancho comentó con Petunia lo bien que había estado.

—Ha estado genial. Tenemos que hacer más de estas.

—¿A que sí? Ya sabía yo que te iba a gustar, precisamente lo comenté con Héctor cuando estábamos organizándola.

—¿Héctor? ¿Quién es Héctor?

—El dueño del restaurante, es el que nos ha recibido en la puerta. Héctor Bandana. Si quieres, te lo presento. Lo conocí en una cumbre de turismo que estuve.

—Ah, ya, por eso del no sé qué para África, ¿no? Sí, me encantaría conocerle.

Petunia salió un momento de la estancia y al rato apareció con el que Sancho había interpretado que era el metre.

«Ya decía yo que llevaba un traje muy bueno. Y ese reloj que tiene parece un Rolex.»

—Sancho, este es Héctor Bandana. Héctor, este es Sancho, mi marido. Bueno, y presidente del gobierno, jajaja —dijo Petunia, haciendo las presentaciones.

—Un placer, señor presidente —saludó Bandana, al tiempo que estiraba el brazo para darle la mano.

—El gusto es mío. Sé cuánto te has esforzado para que todo salga bien, me tienen informado —respondió Sancho, con una sonrisa.

—¿Qué tal si os hago una foto? —propuso Imanol, el colaborador de Vert, que estaba por allí cerca.

—Sí, genial, ¿por qué no?

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