06. Regresando al Parlamento

«Gracias a la libertad de expresión hoy ya es posible decir que un gobernante

es un inútil sin que nos pase nada. Al gobernante tampoco.»

J. Perich, escritor y dibujante español

Aquel día, salió un poco desanimado de las clases en la universidad. Las cosas no estaban yendo como él había pensado. Sin embargo, muy pronto iba a producirse un giro de timón. Cuando estaba a punto de montarse en el coche para regresar a casa, sonó una llamada.

—Sancho, lo tenemos —al otro lado de la línea hablaba Joan Vert, entusiasmado.

—Hola, Joan. ¿Qué sucede? ¿Qué es lo que tenemos?

—Ha quedado una vacante libre en el Parlamento. He hablado con la dirección y va a ser para ti. Vas a volver a ser diputado.

—¿Sí? ¿En serio? Oye, es genial, pero ¿está totalmente confirmado?

—Mira, son casi las nueve de la noche y mañana por la mañana se reúne el comité para aprobar el nombramiento. A no ser que surja algo por el medio, el puesto es tuyo.

—Gracias, Joan, te debo una.

—Bueno, en realidad me debes muchas —rio Vert—. Pero no me las des todavía, espera al nombramiento de mañana.

Sancho se montó en el coche y activando el bluetooth para poner en marcha el sistema de manos libres, marcó el teléfono de Petunia. Estaba deseando compartir la buena nueva.

—Petu, lo tenemos —dijo, copiando la expresión de Vert.

—Hola, cari, ¿qué es lo que tenemos? —contestó ella, replicando a su vez a Sancho. Su voz traslucía un ligero toque de emoción, quizás contagiada por el entusiasmo de su marido.

—Me acaba de llamar Joan, me ha dicho que mañana me van a nombrar otra vez diputado.

—Pero ¿eso es seguro?

—Sí, mañana es el nombramiento. Vete sacando un buen vino para celebrarlo.

Esa noche a Sancho le costó conciliar el sueño, así que se puso a contar ovejitas, como le habían enseñado de pequeño. Cuando por fin logró quedarse dormido, soñó que formaba parte de un rebaño. Iban por una larga calle, en la que al final había una valla; la saltaban, e iban entrando en el Parlamento, mientras el pastor —que era Joan Vert— las contaba, numerándolas en voz alta.

Justo cuando iba a llegar su turno para entrar, venía el secretario general de la Ejecutiva de Progreso Social y, poniéndole una mano delante, decía:

—Hasta aquí. Ya no pueden entrar más ovejas en el Parlamento. El rebaño está completo.

Sancho se despertó bañado en sudor frío. Menuda pesadilla más tonta. De reojo, miró el reloj de la mesilla: todavía eran las tres de la mañana. Tras un rato intentando volver a conciliar el sueño, entendió que iba a ser difícil, así que cogió su móvil y encendió la pantalla. Se puso a mirar sus redes sociales, pero no había nada interesante, tan solo algunos comentarios intrascendentes. Abrió la página web de un periódico deportivo —siempre había sido muy deportista— para ver si había alguna novedad, pero ya la había mirado esa noche antes de acostarse y no había ninguna otra cosa de interés.

«Uf, va a ser una noche muy larga.»

Se quedó un rato mirando fijamente la pantalla, y finalmente decidió abrir una app. «Voy a jugar un rato al Tetris, siempre se me ha dado bien esto de encajar piezas». Después de jugar veintisiete partidas, el sueño por fin le venció. Tras unos minutos (¿o quizás habían pasado horas?) un ruido le volvió a despertar. Se había quedado dormido con el móvil en la mano y se le había caído al suelo.

«Espero que no se haya roto.»

[…]

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