«La vocación del político de carrera es hacer de cada solución un problema.»
Woody Allen, cineasta estadounidense
A pesar del buen trabajo desarrollado por Sancho, todavía se iba a encontrar algunos escollos en su carrera política. En las siguientes elecciones su partido le situó en el puesto undécimo de la lista para el Congreso, pero solo obtuvieron diez escaños en esa circunscripción, por lo que volvió a quedarse fuera. Ya no era diputado.
Esa noche, al regresar a casa desde la sede del partido, Sancho se sentía derrotado y reflexionó acerca de su futuro durante los treinta minutos que duró el trayecto. Al llegar, cerró con un portazo un poco más fuerte de lo que hubiera deseado. Petunia sabía que Sancho no iba a estar de buenas, por lo que tenía preparada una cena especial y se dispuso a animarlo.
—Hola, Sancho, estarás cansado. No traes buena cara.
—Hola, Petunia. No, no ha sido un buen día. Pero ¿sabes qué? He venido pensando en el coche e incluso he hablado con Joan. Hay que ser positivos, me ha dicho que me ayudará.
—Te he preparado una cena exquisita —anunció Petunia, con una sonrisa—. ¿Te parece si vamos a la cocina y allí me cuentas lo que has pensado y lo que habéis hablado?
La cena tenía realmente una pinta estupenda. En realidad, se la había encargado a un servicio de catering, pero no había por qué entrar en detalles. Estuvieron comiendo en silencio durante un rato, hasta que por fin él se decidió a hablar.
—Mira, lo primero que he pensado es que podría dedicarme a dar clases. Tengo algunos amigos que me pueden ayudar en eso. Me podrían contratar de profesor en unos meses, en una universidad privada.
—¡Eso es estupendo!
«Pero este qué dice, cómo va a dejar la carrera política, ahora que estaba cogiendo impulso.»
—Eso no significa que abandone la carrera política —continuó Sancho, que parecía haberle leído el pensamiento—. Voy a compaginar ambas cosas, sé que puedo hacer grandes cosas como político.
—Así me gusta, yo también lo creo.
«¡Menos mal! Si no, a ver cómo íbamos a mantener nuestro nivel de vida.»
Dicho y hecho. Al cabo de unos meses, Sancho comenzó a trabajar como profesor asociado, al mismo tiempo que continuaba con su labor interna dentro del partido. Dedicaba unas horas al día a cada una de las actividades, por lo que no le resultaba difícil compatibilizarlas. Incluso aprovechaba las horas muertas en las tutorías para avanzar en algún informe político. Pero, en su fuero interno, cada día que pasaba deseaba con más fuerza regresar al mundo de la política «a full time».
***
—Y así termina la clase de hoy. ¿Tenéis alguna pregunta?
Algunos estudiantes se miraron entre sí y, tras unos instantes, uno de ellos levantó la mano.
—Yo quería preguntarle una cosa. No tiene que ver con lo que hemos estado viendo ahora en clase, pero…
—Trátame de tú, por favor —le interrumpió Sancho, con voz engolada.
Le gustaba presumir de crear un clima de colaboración con sus alumnos, a los que incluso a veces les dejaba participar en la organización de las clases (a este sistema de organización le llamaba «la cogobernanza»).
—De acuerdo —respondió él, algo azorado—. Supongo que habrás visto el caso de ese ministro alemán que ha dimitido por haber copiado, y como tú has sido político…
«¿He sido político? ¡Soy político!»
—Me gustaría preguntarte tu opinión sobre el caso —continuó el alumno—. Verás, hemos estado comentándolo entre varios compañeros. Algunos opinan que lo más apropiado es que dimita, que no se puede permitir que un político haga eso. Mientras, otros creen que no es para tanto copiar una parte de la tesis y que, al fin y al cabo, se dedica a otras cosas, y es un buen político.
Sancho permanecía atento a la exposición de su alumno. No le disgustaba dar clases, pero ahora iba a tener oportunidad de hablar de su tema favorito, la política.
—Entiéndeme, que yo no estoy a favor de copiar, ¿eh? —añadió el estudiante, entre las risas de sus compañeros—. Pero igual es un castigo excesivo para lo que ha hecho. Y de esta manera se pierde un político que parecía muy prometedor; de hecho, sonaba como candidato a canciller en el futuro.
Sancho se tomó unos instantes de reflexión y contestó.
—Veréis, cuando uno está en política, como yo (hizo una pausa para que los alumnos se dieran cuenta de lo que acababa de decir, subrayando que aún se dedicaba a esa actividad), hay que tener claro que lo más importante son la honestidad y la integridad. Si ese político nos ha engañado en algo tan sencillo como es una tesis, ¿quién dice que no nos engañará en otras cosas?
—Sí, pero ¿realmente es tan importante? —interrumpió otro alumno—. Al fin y al cabo, a la hora de hacer la tesis, ¿quién no se ha inspirado en Google? Seguro que muchas cosas ya las ha escrito alguien antes.
—Una cosa es inspirarse y otra cosa es copiar o plagiar —explicó Sancho—. Además, si uno emplea ideas de otros, debe poner unas notas indicando de dónde las ha sacado. En definitiva, que no es admisible lo de copiar.
—Entonces, ¿te parece bien que haya dimitido? Si tú siguieras en política y te pasara un caso similar, ¿dimitirías?
«Qué pesadito, parece un periodista con tanta repregunta. Me parece que alguien va a sacar una mala nota este cuatrimestre.»
—Yo creo que ya he dejado mi postura clara y no me quiero hacer reiterativo. Además, ya nos hemos pasado bastante del tiempo de la clase. Ahora os tengo que dejar, tengo que preparar unos asuntos (en realidad, Sancho se iba a ir para casa). Mañana nos vemos —terminó, con una sonrisa.
Al fondo de la clase, dos alumnos observaban al profesor mientras recogía sus cosas.
—La verdad es que el tío está buenardo,con esos tejanos y esa camisa vaquera. Para ser un boomer, no está nada mal —dijo él.
—Sí —le contestó ella—. Si volviera a la política, yo le votaría sin dudarlo. Siempre es más agradable ver una cara guapa, ¿no?
***
Al llegar a casa, entró en el salón, donde Petunia estaba viendo el telediario. En la pantalla estaba el presidente del Gobierno, Ignacio Amestoy, del Partido del Pueblo.
—¿Qué haces viendo a ese? —dijo él, con un tono ligeramente malhumorado.
[…]
Capítulo 5
Enviar enlace de descarga a:





