15. Primeras arrugas

«Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione.»

Bernard M. Baruch, financiero estadounidense

Al gobierno bonito pronto empezaron a salirle arrugas. A los pocos días, saltó a la luz un escándalo relacionado con la actividad anterior del ministro de Cultura, el pintor Iñaki Manzano. Se había descubierto que años atrás tuvo un problema con los impuestos, al crear una estructura fiscal que quizás en aquella época no estaba prohibida al cien por cien, pero que posteriormente el organismo de Hacienda y los tribunales declararon que no era adecuada.

Manzano gozaba de una buena reputación en su profesión, ganándose bien la vida. Cuando se anunció que iba a ser ministro, algunos amigos suyos le preguntaron que por qué lo hacía, si no tenía necesidad. Él les explicó que había decidido aceptar la propuesta porque quería prestar un servicio a su país.

Con lo que no contaba era con que la asunción del cargo iba a suponer que los medios indagasen en su vida anterior. En tiempos pasados tuvo un problema con el fisco, que se solventó con el pago de una elevada suma de dinero y, con ello, Manzano pensaba que había quedado zanjado. Sin embargo, el caso comenzó a ser mencionado por algunos medios de comunicación y cuando el ministro recibió la llamada de la secretaria del presidente, supo que aquello no pintaba bien.

—Pasa, Iñaki —dijo Sancho en un tono aparentemente cordial, tras hacerle esperar más de veinte minutos.

—¿Qué tal, presidente? Supongo que me has llamado por lo que ha publicado la prensa sobre ese affaire que tuve con Hacienda —dijo, yendo al grano.

Durante el trayecto en taxi había pensado mucho en cómo plantear la conversación, e incluso preparó el escrito para su dimisión, dictándolo en la app de notas.         

—Pues sí, Iñaki. Créeme que me duele decir esto, pero tenemos que tomar alguna decisión, no podemos permitir que cuestiones como esta estropeen la reputación de nuestro gobierno.

—Entiendo. Te contaré mi versión de los hechos. En su día, mi asesor fiscal me aconsejó una estructura fiscal determinada. Yo le dije que lo que él propusiera estaba bien, que para eso era el experto. Pero que, en cualquier caso, tenía que ser totalmente legal, no podía ser de otra manera. Y él me aseguró que lo era; de hecho, me mostró múltiples ejemplos de otros profesionales que tenían un diseño similar. Por las razones que sean, Hacienda comenzó a considerar que ese tipo de estructuras no podían admitirse, por lo que empezó a sancionar a los que las teníamos. Yo pagué lo que me correspondía y arreglé las cuentas con la sociedad. Y, por supuesto —añadió, tras una pausa —despedí al asesor.

—Sí, está claro, y no sería justo penalizarte por un asunto por el que ya has pagado. Pero tenemos un problema. Este es el gobierno de la limpieza, hemos llegado hasta aquí como líderes contra la corrupción, y tenemos que mostrar un comportamiento exquisito, ejemplar. Algunos podrían intentar buscarnos las cosquillas por este caso.

—Sí, ya te digo que lo comprendo, Sancho. Por eso, incluso he preparado mi carta de dimisión mientras venía para aquí. Yo tengo una profesión y no tengo por qué complicarme con esto de la política. Si alguien no está a gusto conmigo, me voy sin problema.

Iñaki Manzano lo dijo sinceramente, aunque, por otra parte, también esperaba que Sancho le contradijera, mostrándole su apoyo, diciéndole que contaba con su confianza. Sin embargo, el presidente pareció cambiar de tema:

—La política es un mundo muy complicado, Iñaki. Mira todos los presidentes que han pasado por aquí antes, todos han recibido fuertes críticas. Y de mí, ¿qué crees que dirán? ¿Por qué pasaré a la Historia?

El giro de guion descolocó a Manzano, que se quedó unos instantes en silencio. ¿En serio que mientras estaban hablando de su dimisión, Sancho le preguntaba cuál sería su legado histórico? Decidió optar por no contestarle y terminar con el asunto que le había llevado hasta allí.

—Lo dicho; que, si quieres, dimito, no hay problema. Mañana por la mañana tendrás la carta en tu correo electrónico, y ya lo anuncias como quieras.

—Haremos una cosa. Mañana convoca una rueda de prensa y tú mismo explicas tu dimisión y cómo te sientes. Podrías contar, como has hecho ahora conmigo, por qué consideras que no es justo que te vayas, pero que lo haces para demostrar la implicación de este gobierno con la regeneración democrática. Es mejor que lo expliques tú; si soy yo el que sale a anunciarlo, parecerá que te he despedido.

«Que es exactamente lo que has hecho, pero de forma más disimulada.»

[…]

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