El paquete de Sancho

—Tengo que hacer algo para centrar la atención del público —se dijo Sancho, en voz alta.

Los casos de corrupción parecían salir como las setas en otoño, y cada vez más cerca de su jardín. Personas en las que había confiado mucho, como Vert, ministro y «hombre fuerte del partido», o Imanol, su asistente en el ministerio, se sumaban a los rumores que acechaban también a su propia esposa, Petunia, o a su hermano Enrique.

El presidente decidió convocar a sus más directos colaboradores, la vicepresidenta y ministra de Caudales Públicos, Juana Barros; y Alejandro Avendaño, ministro de Justicia y Presidencia.

—Os he convocado aquí porque tenemos que contraprogramar a la oposición como sea. La barrosfera está muy pesadita con esto de la corrupción, y si no conseguimos «cambiar el marco» y «ganar la batalla del relato», puede haber votantes nuestros que se pasen al PdP o que, como mínimo, se abstengan. No podemos permitir que eso suceda.

—¿Tienes ya alguna idea? —inquirió Avendaño, sabiendo que era una pregunta retórica. Cuando Sancho les convocaba de esa manera solía ser para comunicarles su plan y no para pedir su ayuda.

—Así es, os cuento. ¿Os acordáis de aquello que dijo un presidente norteamericano, de «es la economía, estúpido». Pues vamos a intentar cambiar el marco del relato hablando de economía.

—Genial —dijo Juana Barros, contenta de que estuviera relacionado con su ministerio—. ¿Y qué has pensado?

—Vamos a hacer una reforma fiscal. Necesitamos tener un paquete fiscal muy potente, que demuestre nuestro compromiso con las políticas de progreso que necesita nuestro país.

—¿Eso quiere decir que vamos a subir otra vez los impuestos? —preguntó Avendaño.

—Ay, qué pichón eres a veces, Alejandrito —contestó Sancho—. ¿Pues qué va a ser, si no?

—Mira, precisamente hace unos días que quería hablar contigo de este tema.

Juana Barros se quedó durante unos segundos callada (cosa que resultaba muy extraña en ella), al ver la cara que se le puso al presidente tras esa revelación.

—¿Qué es lo que tenías que decirme? —dijo Sancho, en tono severo.

—Verás, la Unión Temporal de Estados Europeos nos ha pedido formalmente que tenemos que reducir el déficit ya. Llevamos años gastando mucho más de lo que ingresamos, y nuestra deuda pública está en niveles muy elevados.

—Vale, pues es perfecto, entonces. Ya tenemos la excusa para implementar el paquete fiscal.

—Una pregunta —intervino Avendaño, que no quería quedarse fuera—. No soy un experto en el tema, pero digo yo que para reducir el déficit, además de aumentar los impuestos, podríamos reducir los gastos, ¿no?

—Ay, tiene razón Sancho, qué pichón eres —contestó Juana Barros—. ¿Cómo vamos a hacer eso? A lo mejor es que quieres renunciar a algunos cientos de asesores en tu ministerio —añadió maliciosamente.

—No, no, son muy necesarios para mí. Solo era por aportar…

—Alejandro, dedícate a tus cosas —terció Sancho—. Como bien has dicho, de economía no sabes. Bueno, vamos a seguir con el tema de mi paquete.

—¿Qué es lo que incluirías? —preguntó Juana, mientras se recolocaba las gafas.

—Pues mira, en principio ya está todo pensado, porque son básicamente peticiones que me han hecho los grupos que nos apoyan para que sigamos en el gobierno. Pero toca negociar con ellos para cerrar algunos flecos, y ahí es donde vais a intervenir. Lo delego en vosotros.

«O sea, que nos pasa el marrón.»

—Bien, ¿qué tenemos?

—Por un lado, hay que poner un buen impuesto a la banca y a las energéticas. Como son dos sectores que muchas personas «odian» por diversas razones, no hay mucho problema. Bueno, aquí sí que hay un problemilla, en realidad, pero seguro que encontráis la manera de solucionarlo.

—¿De qué se trata?

—Uno de nuestros socios quiere que el impuesto temporal que pusimos a las energéticas sea permanente, mientras que otro aboga por quitarlo.

—Pero… eso son dos cosas incompatibles, ¿no? ¿Está cerrado el acuerdo con alguno de ellos?

—Sí, ya lo he acordado con los dos.

—Espera. ¿Quieres decir que a unos les has prometido que lo harías permanente y a otros les has dicho que lo quitarías?

—Sí, así es.

—Pues no sé cómo vamos a compatibilizar ambos acuerdos —respondió Avendaño, mientras unas profundas arrugas se marcaban en su frente.

—Seguro que lo conseguís, confío en vosotros. Ya sabéis que normalmente la clave en estos casos es encontrar alguna palabra o alguna frase que valga de comodín para que pueda interpretar de varias maneras.

—De acuerdo, nos ponemos.

***

Alejandro Avendaño y Juana Barros iniciaron las negociaciones con los diferentes grupos para aprobar el paquete fiscal de Sancho. Después de muchos tiras y aflojas consiguieron dar con una fórmula que, sin contentar a nadie, era admisible por todas las partes; por lo menos, de momento. El ardid se basaba en que se penalizaría a las energéticas que no tuvieran un plan para la descarbonización, por lo cual se contentaba a los más ecologistas, al mismo tiempo que a los partidarios de gravar a estas compañías.

En realidad, como todas las energéticas tenían un plan de ese tipo, el añadido significaba en la práctica la supresión del impuesto, pero los partidos que estaban en contra de esta posibilidad prefirieron obviar esa consecuencia. Al fin y al cabo estaban cómodos con Sancho en el gobierno, ya que podían obtener numerosas prebendas de este tipo de negociaciones.

Algunos medios de comunicación de la barrosfera calificaron el acuerdo como «paquete desinflado», ya que muchas de las pretensiones de Sancho se quedaron en el tintero, por las incompatibilidades de sus socios. En cualquier caso, el presidente estaba satisfecho. Una vez más, había salvado un «match ball».

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