El viaje

—Ostras, pues no caigo —afirmó Sancho, con actitud pensativa.

Sancho y Petunia estaban pasando un rato con una app de un conocido juego de preguntas y respuestas, para relajarse después de unos días muy intensos. Ella le había leído el siguiente enunciado: «país que tiene las cinco vocales, sin repetir ninguna».

—Se te ha acabado el tiempo —anunció ella.

—Déjame un poco más, seguro que al final lo adivino, ya sabes que soy muy bueno en estas cosas —respondió el presidente, haciendo un gesto con ambas manos, como implorando clemencia—. Con todo lo que he viajado yo por el mundo, será raro que no haya estado allí.

—Está bien, te doy diez segundos más —contestó ella, sintiéndose magnánima.

Una gota de sudor comenzó a surcar la frente de Sancho, que realmente estaba realizando un gran esfuerzo para dar con la solución, ya que quería lucirse ante su mujer y demostrar que era un «hombre de mundo». Pero el tiempo se agotó sin ser capaz de dar con la respuesta.

—Nada, has perdido —informó ella, con tono de marisabidilla.

—¿Cuál era?

—Muy fácil. Era Mozambique.

—Mira qué lista. Fácil porque lo estás leyendo.

—No, yo ya lo sabía. Lo leí el otro día en una web de curiosidades sobre países —respondió Petunia, con una sonrisa—. Un pueblo muy interesante, el mozambiqués, por cierto.

—El gentilicio de ese país no es mozambiqués, es mozambiqueño —dijo Sancho, aprovechando el gazapo de su mujer para devolverle el zasca.

—Ay, cuánto sabe mi Sanchi —contestó ella, aparentemente sin ironía.

«Oh, oh, cuando me llama así, algo quiere…».

—El caso es que —continuó Petunia— como no has acertado, hemos quedado empatados. Tengo una idea, para desempatar, te voy a preguntar otra cosa que leí en esa web. Si aciertas, ganas la partida y en caso contrario, me llevo yo la victoria. Venga, todo o nada. ¿Te animas?

—Será una pregunta asequible, ¿no? No me hagas trampas —contestó él.

—Sí, sí, es del mismo estilo, no es un dato que haya que saber por haber estudiado ni nada. Hay que pensar un poco. Y eso a ti se te da muy bien —añadió ella, para picarle.

—¿Cuál es el premio para el que gane?

—El que gane le puede pedir al otro un deseo.

—Venga, va, juguemos —a Sancho siempre le habían gustado las apuestas y el riesgo. Y, además, estaba seguro de que iba a ganar.

—La cuestión es la siguiente: un país que se llama igual que el gentilicio de sus habitantes. Para que veas que soy generosa, te doy tres minutos.

Sancho sonrió con suficiencia. En tres minutos le sobraba para recorrer en su mente todo el globo terráqueo, en busca de ese país. No podía ser difícil, tenía que ser algo evidente.

«A ver, de España, español; de Alemania, alemán; de Portugal, portugués; de Italia, italiano… parece que por Europa no voy a encontrar nada así, no me suena. Seguiré por América…».

Mientras Sancho comenzaba a repasar mentalmente el segundo continente de su lista, Petunia anunció que había transcurrido ya un minuto.

«Colombiano, dominicano, venezolano… Jodrrr, parece que estoy haciendo un reguetón. Por aquí tampoco parece estar ese misterioso país… Y en Oceanía no creo, ahí solo me conozco Australia y Nueva Zelanda, y no me valen».

—Te queda un minuto —anunció Petunia, con una sonrisa.

«Ya sé, Petunia fue directora para África de no sé qué, posiblemente el país en cuestión sea africano. Lo malo es que la geografía de ese continente no la controlo mucho, pero seguro que lo encuentro… Marroquí, argelino, tunecino…».

—Te quedan treinta segundos —dijo su mujer, canturreando.

«No me da tiempo, voy a pasar a Asia, a ver si lo encuentro. Esta Petunia me ha engatusado, seguro que es un país raro».

—Oooooh, se le ha acabado el tiempo —dijo Petunia unos momentos después, entonando con voz de presentadora de concurso televisivo.

—Estaba a punto de encontrarlo, estoy seguro —rezongó Sancho.

—La respuesta era India —informó Petunia—. India como país, o india como persona nacida allí —explicó, por si no quedaba claro.

—¡China! —exclamó Sancho.

—No, no, India, insistió Petunia.

—Y China también valía —aclaró su marido—. Persona o país. ¡Encontré la solución!

—Quizás —admitió Petunia—. Pero tarde, ya se te había acabado el tiempo. Por lo tanto, he ganado la apuesta.

—Sí, no me queda más remedio que reconocerlo. Pero por ser tú, ¿eh? —añadió con una media sonrisa—. Si no, te lo discutiría aunque tuviera que llegar a los tribunales, jajaja.

—El caso es que ahora tienes que concederme el deseo, Sanchi.

—Está bien. ¿Qué es lo que desea su majestad?

—Huy, no está mal eso de que me llames majestad —respondió ella, riendo—. Una cosa muy sencilla para ti. Que me lleves de viaje a la India, que aún no hemos ido todavía.

Sí, eso podría organizarlo, hablo con el de Asuntos Exteriores y lo arreglo.

***

—Solares, soy Sancho. Tenemos que hacer un viaje a la India. Es un país emergente, el más poblado del mundo y una potencia regional, tenemos que reforzar nuestras relaciones.

—No te preocupes, Sancho, lo voy preparando. Y no hace falta que me lo justifiques, lo que necesites, pídelo.

—Vale, pues prepáralo lo más rápido posible, que estoy un poco cansado de la barrosfera y necesito airearme un poco. Y organiza algo para que Petunia actúe como primera dama allí, que como es una república, seguro que nos dan un recibimiento como si fuésemos jefes de Estado.

—De acuerdo, voy a hablar con el embajador y me pongo con ello.

***

—Argi, ¿qué tal?

Manuel Argimiro Ruibal Rodríguez-Cortés era un veterano diplomático que había ayudado a Sancho en la organización de una importante reunión con el presidente de Estados Unidos, motivo por el cual fue recompensado con la embajada en Nueva Delhi.

—Hola, ministro. ¿Qué se te ofrece?

—Me ha dicho el presidente que organice una visita al país para él y Petunia, a la mayor brevedad.

—De acuerdo, la voy organizando.

—Se me ha ocurrido que, como está muy estresado, estaría bien que le preparases actos un poco más lúdicos, más festivos, no sé si me entiendes. Y que reserves algún hueco en la agenda para actividades privadas, que ya que están allí pueden hacer un poco de turismo.

—De acuerdo, déjalo en mis manos.

***

Unos días después, el embajador devolvió la llamada al ministro de Exteriores.

—Lo tenemos. Está todo organizado y ¿sabes lo bueno? Este es un país muy visual, les encanta el color y el espectáculo. ¿Has visto alguna película de Bollywood?

—No, la verdad… Pero sé a qué te refieres —respondió Felipe Solares.

—Ya verás, Sancho y Petunia van a estar encantados. Para que te hagas una idea, el presidente va a pasear a Sancho en un descapotable cubierto de flores, mientras el pueblo les aclama. Y para la presidenta… digo, para Petunia, hemos organizado un encuentro en una universidad para que hable como experta en lo suyo.

—¡Genial! Pásame la agenda al correo, y ya lo comento con él.

***

Tras escuchar atentamente a Solares, Sancho se dirigió al spa que había en la zona privada del palacio presidencial, donde encontró a Petunia en una tumbona.

—Petu, ¿sabes ese viaje que te debo? Pues ya está organizado, lo vamos a pasar genial.

—Tú sí que sabes, Sanchi. Eres como el genio de la lámpara, haces mis deseos realidad.

—En unos días nos vamos, vete preparando lo que necesites.

—Pues mira, precisamente me he comprado algunos modelitos que van a ir fantásticos para ir allí. Te los enseñaré —añadió, abriendo un archivo en su iPad.

Petunia comenzó a explicarle los detalles de cada modelo y por qué los había elegido. Desde luego, tenían mucho colorido, destacando sobre el resto un conjunto naranja y un traje de color fucsia. Al llegar al final del archivo se detuvo y desplazó rápidamente la pantalla otra vez hacia arriba. Sancho pensó que probablemente era porque no quería que él viera cuánto se había gastado en todos esos trajes, aunque le pareció vislumbrar una abultada cifra.

«Tendré que consultarle a Avendaño si este tipo de cosas se pueden meter como gastos de representación o algo así. Al fin y al cabo, está haciendo de primera dama, ¿no?»

***

Por fin llegó el momento que tanto Petunia como Sancho estaban esperando. El avión despegó desde la base aérea con rumbo a la India. Iban a tener unos días de asueto, con algunos actos oficiales, otros más «folclóricos» e incluso una visita a un estudio de Bollywood. Ella cerró los ojos y se imaginó protagonizando allí una película, mientras él ponía su playlist en marcha y trataba de no pensar en todos los problemas que tenía encima de la mesa.

Mientras la pareja disfrutaba de unas horas de turismo, sobre su país se cernía una enorme tormenta, de consecuencias catastróficas. Pero esa es ya otra historia…

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