«¡Pero si va desnudo! —gritó, al fin, el pueblo entero.»
De El traje nuevo del Emperador, de Hans Christian Andersen
Esa noche, Sancho apenas durmió. Tenía una mezcla de sensaciones: nervios, satisfacción por el trabajo bien hecho, dudas ante las altas responsabilidades que le esperaban y, sobre todas ellas, el convencimiento de que —por fin— el universo hacía justicia, los astros se habían alineado y él encabezaría el gobierno de su país.
Durante las largas horas en vela rememoró todas las vicisitudes que había pasado hasta llegar hasta ese momento, y cómo el apoyo de Petunia había sido fundamental para él. La miró, mientras ella dormía, respirando suavemente, y le embargó una sensación indescriptible. Estaban tan unidos…
Recordó, con una sonrisa, una anécdota que les había ocurrido unos meses antes, cuando ya había iniciado de forma discreta las negociaciones con otros partidos para implementar la moción de censura contra el PdP.
***
—Petunia, tengo que renovar un poco mi vestuario —dijo él, mientras echaba un vistazo a su armario. Ella se acercó hasta allí, y replicó:
—Pues no lo veo tan mal, tienes un buen surtido. Quizás no tanto como yo, pero…
«Quizás no tanto como yo, dice. Si yo me he quedado con medio armario, y ella tiene tres y medio.»
[…]
Cuando Petunia se le acercó, él sostenía en la mano derecha dos trajes con unos colores distintos a los que acostumbran a llevar los políticos, siempre tan sobrios.
—No me digas que estás pensando en comprar alguno de esos trajes, ¿eh? Uno, color berenjena; y otro, verde pistacho. No sé cuál me gusta más —subrayó, en tono irónico.
—Sí, son chulos, ¿eh? —Él no captó la ironía—. No sé qué manía tenéis las mujeres de poner nombres raros a los colores, son morado y verde claro —añadió, con una carcajada—. Y fíjate qué suerte, son justo mi talla, y están con un 50% de descuento. Parece que estaban esperando por mí, es una señal. Las oportunidades hay que aprovecharlas, ¿no?
—Claro, cari. Pruébatelos, a ver cómo te quedan —ella tenía la esperanza de que le quedaran mal; o, en su defecto, que él mismo se diera cuenta, al verse, de que eran excesivamente llamativos.
Sancho entró en el probador y se puso el de color berenjena. «Pues ni tan mal, me sienta como un guante». Salió para mirarse mejor en el espejo exterior, y para que su mujer pudiera ver cómo le quedaba.
—Oye, te sienta bien —en este caso, Petunia hablaba sin asomo de ironía—. Realmente parece que está hecho pensando en ti.
Un grupo de mujeres que compraban en otra zona de la tienda se quedaron mirándole a lo lejos, observándole con admiración.
[…]





