—¿Qué tal ha ido el día, Sancho? Pareces cansado —preguntó Petunia, mientras le ayudaba a sacarse la americana.
—Buf, no veas, esto de ser presidente del gobierno es de lo más cansado. Si no fuera por algunas ventajas que tiene, creo que lo dejaría.
«Pero este qué dice. No podríamos haber soñado vivir así ni en cien vidas».
—Tranquilo, ya sabes que hay épocas buenas y otras menos buenas, mírame a mí. ¿Qué te ha sucedido?
—¿Te acuerdas de aquel ministro de Cultura que tuve al principio, que tuvo que dimitir por unos asuntos fiscales?
—Sí, creo que sé de quién hablas —respondió Petunia, dubitativa, sin ver claro a dónde quería ir a parar su marido.
—Cuando se fue, le pregunté por qué pensaba que pasaría yo a la historia como presidente del gobierno… ¡y no supo responderme! Con la de cosas que yo he hecho por este país, podría haber elegido cualquiera de ellas —explicó Sancho, elevando el tono de voz.
—Calma, Sanchi. Ya sabes que la gente es una ingrata. No aprecian nada.
—Pues a eso voy, precisamente. Sabes que he ido con el rey Arnaldo IV a visitar esa región que está asolada por los incendios, ¿no? Pues te puedes creer que ha habido gente que me ha increpado y que incluso han intentado atentar contra mi persona?
—¿Qué dices? ¿En serio?
—Sí, yo ya sé que grupos ultras los hay en todas partes. Pero algunos han querido justificar que era gente «normal», «del pueblo», simplemente ciudadanos cabreados porque consideran que no he hecho todo lo que había que hacer, o que he tardado mucho.
—¿Y es cierto?
—¿Tú también, Petu? ¡Cómo va a ser cierto! He hecho todo lo que estaba en mis manos desde el minuto cero.
—Ah, bueno. Entonces, tranquilo. Será cuestión de esos grupos ultras que dices. Y el atentado ese que decías, ¿qué pasó? ¿Estás bien?
—Sí, yo estoy bien, y a mí no me van a desviar de mi actuación. Solo fue un palo que me tiraron.
—Pero ¿te dieron?
—Eso no es lo importante ahora, como te digo. Lo importante es resolver los problemas de la ciudadanía.
—Vale, vale, no te pongas así. ¿Y cuál es la situación?
—Mucha gente piensa que el gobierno regional tiene la culpa de todo, y nosotros estamos fomentando esa idea desde los medios de comunicación afines. Si nos sale bien podríamos recuperar el gobierno regional que nos quitó el PdP en las pasadas elecciones.
—No, me refiero a la situación de la gente, después de toda esta devastación.
—Ah, vale, te refieres a eso. Pues difícil, supongo. Ya te digo que tampoco he podido verlo mucho, porque entre que estábamos de viaje, y cuando fui allí me tuve que ir, por el ataque de esos grupos ultras…
—Pero algo se está haciendo, ¿no?
—Sí, sí. Yo ya le dicho al presidente regional que estaba «a disposición». Y que si querían ayuda, que la pidieran.
—Qué vocación de servicio tienes; no te merecen —respondió Petunia, sin ápice de ironía en su tono.
—Pues ya ves… Aun así, hay gente que insiste en que, por ser el presidente del gobierno del país, tenía que haber hecho más cosas. O que incluso tenía que haber tomado las riendas. No sé en qué cabeza calenturienta pueden caber esas ideas.
—Quizás tendríamos que hacer un poco más de pedagogía sobre tu excelente labor. Por cierto, ¿qué hay de aquella serie que grabamos? ¿Al final no hubo acuerdo con Netflix, o con alguna otra plataforma?
—No, pero ya he hablado con un periódico amigo para que la emita. Es hora de que el pueblo sepa lo que tiene.
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