33. La segunda dama

«Cuando te liberas de comparaciones, comienzas a disfrutar de la vida.»

Malcolm Forbes, senador estadounidense

—Oye, Sancho.

—¿Sí, Petu?

La pareja descansaba en el spa del palacio, tras una dura jornada laboral. Dentro de media hora los camareros de servicio les servirían la cena, por lo que aún tenían un rato para relajarse y recuperar fuerzas.

—¿Qué te parecen los reyes?

—Pues no sé. Bien, supongo. ¿A qué te refieres?

Se le vino a la cabeza un debate que había tenido con sus amigos sobre monarquía o república. ¿Iría por ahí Petunia? ¿O estaría hablando de los Reyes Magos? Las navidades se estaban acercando.

—Lo digo porque tú los conoces más que yo, era por saber qué piensas. Si quieres saber mi opinión, Arnaldo IV es muy educado y parece muy buena persona. Pero ella es un poco… estirada, ¿no?

—¿Zinthia? ¡Qué va! Te equivocas, es muy maja.

—Ah, ¿sí? Pues no sé qué decirte —respondió ella, con tono desdeñoso.

—Quizás es que no has tratado mucho con ella. Espero seguir siendo presidente muchos años, así que ya os iréis conociendo mejor. Fíjate qué casualidad, que estudiamos en el mismo instituto. Yo, de aquella época, no la recuerdo, pero probablemente ella a mí, sí; yo era muy popular en el insti —explicó, con una amplia sonrisa—. Además, desde mi punto de vista republicano, me parece estupendo que el rey se haya casado con una plebeya… con una persona del pueblo llano, quiero decir. Así no hay tanta endogamia.

—Pues quizás ese sea el problema. Ella parece una advenediza. No sabe estar, se nota que no está en su ambiente. Es como los nuevos ricos, si se juntan con otros cuya fortuna viene de varias generaciones atrás, se les ve a la legua.

[…]

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