«El poder es la retórica más persuasiva.»
Friedrich Schiller, dramaturgo alemán
El director de Inteligencia, Damián Riquelme, se lo explicó a Sancho cuando llevaba una semana ocupando el palacio presidencial.
—Puede que nunca reciba aquí una llamada, señor presidente. No ha habido ninguna en años. Si se produce, para descolgar debe presionar este botón.
—Pensaba que este teléfono era de adorno. Como es un modelo tan antiguo —dijo, con una carcajada.
Estaban mirando un teléfono de color rojo tipo góndola, sin teclas ni discos para marcar, y conectado por cable. Estaba un poco descascarillado ya, por el paso del tiempo.
—Sí, sí que tiene años —confirmó su interlocutor—. Yo llevo aquí más de quince y ya entonces parecía viejo. Ni siquiera sé si realmente funciona, esto que le acabo de explicar me lo transmitió a mí el anterior jefe de Inteligencia. En los años que llevo en el servicio, que yo sepa, nunca ha sonado. Aunque, claro, es una línea directa con el presidente, ni siquiera yo tendría por qué enterarme. Al ser un modelo tan antiguo es inhackeable, es imposible piratearlo. Esa es precisamente la razón de su existencia.
—Entiendo. Entonces, puede que sea para hablar con el presidente de Estados Unidos directamente, ¿no?
—Posiblemente, señor presidente. Lo que está claro es que, sea quien sea, si alguien le llama por esa línea, será algo muy importante.
Riquelme salió del despacho y Sancho se quedó mirando el teléfono, observándolo desde todos los ángulos, con respeto, casi de manera reverencial, como si fuese un tótem.
—-Jodrrr, verás cuando se lo cuente a Petunia —se dijo a sí mismo en voz alta—. Un teléfono rojo, como en las películas de espías. Y ha venido aquí personalmente el jefe del servicio secreto y me ha confirmado que es de verdad. Como dijo aquel torero: «en dos palabras, im-presionante».
«¿Me llamará por aquí el mismísimo POTUS Harold Higgs para pedirme consejo? ¿O quizás Maison, el francés? ¿O puede que Andreas Schmidt, el alemán? No, seguramente el primero, es más importante. Además, a los otros ya los veo en las reuniones de la UTEE.»
Cuando se lo contó a Petunia, esta tampoco daba crédito a sus oídos.
—¿En serio? Yo creía que se trataba de una decoración en plan vintage.
—Sí, así como te lo estoy contando. A no ser que el tipo este de Inteligencia sea un gran bromista. En cuyo caso, en cuanto me entere, lo despido. Que con las cosas de seguridad nacional no se bromea. Pero creo que estaba hablando en serio. Otra cosa es que no llegue a sonar nunca. Al parecer, no lo ha hecho en los últimos años. Aunque estoy pensando que es posible que sea porque el presidente anterior, el del PdP, era un tío muy aburrido. ¿Quién querría llamarle? —terminó, con una carcajada.
—Pero ¿funciona? —insistió ella.
—Yo lo he descolgado y no da tono ni nada. Según me ha explicado, es precisamente porque es superseguro, a prueba de espías. Pero me ha asegurado que si alguien poderoso me llama por él, sonará.
—Entonces, ¿tú no lo puedes utilizar para hacer tus propias llamadas? Así podríamos hablar entre nosotros, con nuestros secretitos, jajaja.
—No, no se puede. No sé si te das cuenta cómo es el teléfono, ni siquiera tiene manera de marcar un número, solo hay un botón para recibir las llamadas. Pero para comunicarnos entre nosotros ya tenemos los iPhone que nos han puesto de presidencia, ¿no?
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