«Mi mejor amigo es el que saca lo mejor de mí.»
Henry Ford, empresario estadounidense
A las pocas semanas de estrenar su cargo, Sancho decidió organizar una reunión con Fernando Fernández, el antiguo líder de Progreso Social. Fernández había gobernado el país durante más de doce años y todavía era un referente para muchos dentro del partido, por lo que era importante contar con su apoyo y probablemente le pudiese proporcionar consejos muy valiosos.
Sancho le ofreció enviarle un coche oficial a recogerle, pero Fernández declinó la invitación, indicando que ya se acercaría por sus propios medios. Habían quedado a las once de la mañana, y cinco minutos antes el taxi en el que se desplazaba el expresidente estaba entrando en el aparcamiento.
Salió a recibirle el propio Sancho y tras darse la mano, entraron sin más dilación en el palacio. Se trataba de una visita no institucional, que podría calificarse de «privada», por lo que no había medios de comunicación informando del evento y ni siquiera aparecía en la agenda del presidente. Una vez dentro, se encaminaron hacia el despacho donde se iban a reunir; se notaba que Fernández conocía aquel lugar como la palma de su mano, moviéndose por los pasillos con paso firme.
«Este igual se cree que todavía manda aquí.»
—Un placer que hayas venido, presidente —comenzó Sancho; era tradición denominar por ese apelativo a los que habían ocupado ese puesto anteriormente.
—Gracias por invitarme. Puedes llamarme Fernando, mejor. Estaremos más cómodos y así no tenemos que estar repitiendo el cargo todo el tiempo —dijo su interlocutor, en tono socarrón.
—Fenomenal, llámame Sancho tú también. Quiero decir, tú a mí por mi nombre, y yo a ti por el tuyo.
Sancho estaba un poco nervioso. Aquel tipo había gobernado el país más de una década, y él apenas estaba comenzando su andadura en el puesto.
—Sí, claro. ¿Por qué querías verme? ¿Hay alguna cosa concreta en la que te pueda ayudar?
Se quedó meditando durante unos segundos. ¿Una cosa concreta? Había tantas… Si casi no sabía ni por dónde empezar. Hay muchas cosas que hacer en un gobierno, y su experiencia en gestión era muy limitada. Al fin y al cabo, él había sido un simple concejal en la oposición y diputado «raso» antes de llegar a la presidencia.
—Sí, hay montones de cuestiones en las que me podrías aconsejar, tú atesoras una gran experiencia. Yo acabo de empezar, así que cualquier consejo será bien recibido.
Había decidido que lo mejor era ir al grano; todo lo que pudiera sacar de aquella reunión, bienvenido sería. Además, como era un encuentro privado, nadie tenía por qué saber que había recibido los consejos de Fernández, así que podría hacerlos pasar por ideas suyas.
—Gobernar un país puede ser muy difícil y muy fácil al mismo tiempo —comenzó Fernández su disertación—. En muchos aspectos no difiere, por ejemplo, del gobierno de una casa. Pero, por supuesto, hay cuestiones de una gran complejidad, asuntos transversales y otros que se relacionan entre sí, de manera que no es posible modificar uno sin que afecte al otro. Y es ahí donde los gobernantes debemos hilar muy fino.
—Sí, a eso me refería —respondió Sancho, sin saber muy bien qué quería decir el otro, o a dónde quería ir a parar—. ¿Y cuál es tu consejo en este sentido?
—El Estado es una gran organización, con multitud de niveles. Habrás observado, aunque llevas poco tiempo, que gracias a esa gran estructura, hay muchas cosas que funcionan prácticamente solas: directores, secretarios, subsecretarios, jefes de negociado, de sección, técnicos, delegados, representantes… Hay una enorme cantidad de personas y recursos para garantizar que los engranajes del Estado se muevan en cualquier circunstancia.
—Si todo esto funciona prácticamente solo… ¿Cuál es mi función? —Sancho tenía su propia idea al respecto, pero quería conocer la visión de Fernando Fernández.
—Tú eres como el director de orquesta. Su papel puede no parecer importante para los no entendidos, pero te puedo asegurar que un mal director de orquesta puede arruinar la mejor ópera —respondió riendo su interlocutor—. Y, por el contrario, un gran líder puede mejorar los resultados de sus colaboradores.
—Sí, es exactamente lo que pensaba. En algo así como la figura de un director de orquesta —en realidad, en lo que estaba de acuerdo era en ver su figura como la de un «gran líder»—. Posiblemente, me puedas dar algún consejo sobre cómo dirigir a esa orquesta —prosiguió, continuando con el símil.
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