35. El aeropuerto

«Se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo,

pero no se puede engañar a todos todo el tiempo.»

Abraham Lincoln, político estadounidense

Vert e Imanol se montaron en el coche que el segundo tenía en el parking privado del restaurante, poniéndose este al volante, por su mayor habilidad como chófer. Les quedaban cuarenta y seis minutos para llegar al aeropuerto, y según el GPS se tardaban unos cincuenta y nueve. Además, una vez allí, aún tenían que llegar hasta la terminal internacional y «hacerse con el control de la situación», antes de que la policía del aeropuerto actuase y se llegase a un escenario no deseado. Por ello, según estimaba Vert, tendrían que hacer el trayecto en un máximo de media hora, aproximadamente la mitad del tiempo calculado por Google Maps.

—Dale caña, Imanol, que no llegamos.

—No te preocupes, jefe. Ya he cogido un «juguetito» que tengo en el maletero. Con esto, llegaremos enseguida —al mismo tiempo que lo decía, Imanol pegó en el techo una sirena igual a las de la policía y aceleró a fondo.

—Oye, ¿no llamaremos mucho la atención así?

—Con esto nos dejarán pasar y podremos ir a la velocidad que queramos. En menos de media hora, estamos allí. Si alguien investigara a posteriori habría que hablar con Asunción García, la ministra del Interior. Pero ya nos preocuparemos de ello si sucede.

Imanol cambiaba de marchas con rapidez y precisión, como si fuese un piloto profesional en una carrera. Su viejo Kadett GSi rugía mientras la aguja del cuentarrevoluciones llegaba a la zona roja. Veintiséis minutos más tarde estaban entrando en el aeropuerto. Al aproximarse a la terminal, Imanol despegó la sirena del techo y volvió a guardarla.

Cuando estaban llegando a la puerta salió a recibirles una persona vestida de paisano. Era un viejo conocido de Imanol, al cual había llamado al mismo tiempo que conducía a toda velocidad, sorteando coches con una sola mano en el volante. Vert, aunque luego nunca lo reconocería, había pasado bastante miedo.

—Hola, Imanol, veo que vienes bien acompañado —dijo, reconociendo a Vert.

—Hola, Manolo, ¿qué tal? Lo que te decía, tenemos que hacernos rápidamente con el control. Tenemos apenas unos minutos antes de que llegue el avión.

—Sí, a ver cómo lo enfocamos. Está el comisario de guardia, tendremos que convencerlo de alguna manera.

—Ya he venido pensando una estrategia. Venga, vamos para dentro, que queda poco tiempo. Vert se alegró de haber llevado a Imanol con él. Siempre hacía falta gente que supiese moverse en todo tipo de situaciones. Si no fuera por él, quizás no habría sabido cómo actuar, pero Imanol parecía tenerlo todo controlado.

[…]

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