«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá.»
Evangelio de San Mateo
El rector de la Universidad se hallaba en su despacho, cuando de repente oyó la melodía del teléfono móvil que guardaba en su chaqueta. Al sacarlo miró la pantalla, que ponía: número desconocido.
«Debe ser algo que me quieren vender. Paso de cogerlo.»
Unos minutos después volvió a sonar, y otra vez la pantalla seguía sin identificar al llamante. Dejó el teléfono sobre la mesa, sin descolgarla.
«Qué pesaditos se ponen.»
A lo largo de la mañana el teléfono sonó varias veces más, así que, un poco cansado, decidió por fin cogerlo. Quizás fuera algo importante —pensó—. Y lo era.
—¿Señor rector? —dijo una voz bien modulada, al otro lado de la línea.
—Sí, dígame, ¿quién es?
—Soy la secretaria personal de doña Petunia, la mujer del presidente del Gobierno, y le estoy llamando desde el palacio presidencial.
«La llamada parece seria. Pero ¿por qué no me han llamado al teléfono fijo como sería lo normal? Bueno, los servicios secretos podrían conseguir mi móvil, eso está claro; pero parece más probable que sea una broma de mis amigos.»
Mientras pensaba todo esto, la voz volvió a sonar para el otro lado del teléfono.
—Señor rector, ¿sigue usted ahí?
—Dígame, ¿qué desea? —respondió, de forma prudente.
—Verá la presidenta, quiero decir, doña Petunia, desea verle.
—¿Por algún asunto en particular?
«Eso de que le haya llamado «presidenta» no me suena muy bien. Es una broma, seguro.»
—No se lo puedo comentar por teléfono, señor rector. Es un asunto confidencial que prefiere tratar ella en persona con usted.
—Bien y ¿cómo quiere hacerlo?
El rector esperaba que, en cualquier momento, se escucharan de fondo las carcajadas de sus amigos, cuando no se pudieran aguantar más.
—El miércoles a las cinco, ella tiene un hueco en su agenda, ¿le va bien? La reunión sería aquí, en el palacio presidencial.
«Venir, me viene regular, tirando a mal, justo tengo un partido de golf con mis colegas. Pero, si esto fuese verdad, podría conocer por dentro el palacio del presidente.»
—Bien, de acuerdo. El miércoles, a las cinco, entonces.
—Si lo desea, puedo enviarle un coche oficial a recogerle a donde usted me diga.
—No es necesario. Puedo desplazarme en mi propio coche.
«Para tratar un asunto tan secreto, mejor hacerlo así, de manera discreta. Así, incluso podré hacerme un selfi con mi coche detrás y el palacio presidencial al fondo, para mi galería de fotos ilustres.»
—Bien, le pasaré los detalles y las coordenadas exactas para que las introduzca en el navegador. En seguridad ya están avisados para dejarle pasar.
—Si quiere le doy la matrícula de mi coche. Es…
—No es necesario, ya tenemos todos los datos —respondió a la secretaria.
Tras despedirse, el rector se quedó mirando hacia todas partes, como buscando algo.
«Esto tiene que ser una cámara oculta o algo así.»
Un poco desconcertado por la llamada, intentó reanudar su trabajo, pero no pudo, estaba desconcentrado. Esa extraña llamada no salía de su cabeza.
«En cualquier momento me llamarán Luis o Juan, que son unos guasones, y me dirán que todo era una broma.»
[…]
Petunia llevaba el pelo perfectamente recogido en un moño, y unos pequeños pendientes de perlas, a juego con el collar. Tenía puestas unas gafas de diseño moderno, que le daban un aspecto muy profesional. Desde cerca, al rector le pareció que los cristales no distorsionaban nada.
—Buenas tardes, rector, estaba deseando conocerte —dijo Petunia, interrumpiendo sus pensamientos y tuteándolo desde el primer momento—. ¿Qué tal estás? ¿Has llegado bien?
Mientras el rector respondía, Petunia hizo un leve gesto con la cabeza, indicando a Maribel que les dejara solos. Ella se fue con discreción, cerrando suavemente la puerta, mientras la mujer del presidente invitaba al rector a sentarse en el sofá.
—Aquí estaremos más cómodos. ¿Quieres un café, una infusión? Puedes pedir lo que quieras. Si no lo tengo aquí, haré que nos lo traigan —dijo ella, haciendo de anfitriona.
—Un café estará bien —respondió él, antes de arrepentirse por si le sentaba mal; todavía no le habían abandonado los nervios del todo. ¿Para qué le habían hecho ir allí?
—Te preguntarás por qué te he hecho venir —dijo ella, que parecía haberle leído el pensamiento—. Quiero decir, por qué te he solicitado que te reunieras conmigo —añadió, tratando de suavizarlo, para que no sonase a imposición.
«No hago otra cosa que pensar en ello desde hace dos días.»
[…]





