«La venganza es siempre el débil placer de una mente pequeña y estrecha.»
Juvenal, poeta romano
—Y es que, como reza el viejo dicho, la mujer del César, además de ser honrada, debe parecerlo —concluyó su disertación Roberto Cortázar, líder del PdP.
—Entonces, ¿quiere usted decir que sería mejor que la mujer del presidente no trabajara? —inquirió el incisivo periodista.
—No, por supuesto, claro que puede trabajar. Fíjese que precisamente mi mujer es una excelente profesional, que ha llegado muy alto, pero se lo ha ganado por sí misma. Lo que no es admisible es que se beneficie de contratos con la Administración Pública o que consiga patrocinadores por ser la mujer del presidente, eso es lo que yo no permitiría; es más, en el caso de mi mujer, ella misma no lo haría. También es cierto que ha habido otras mujeres de presidentes que han dejado de trabajar durante ese período para evitar cualquier tipo de dudas.
—¿Debería regularse, entonces, la figura de pareja del presidente o presidenta?
—Sí, estoy de acuerdo con esa idea, y le digo más, precisamente estamos trabajando sobre ello. Pero, en cualquier caso, más allá de posibles ilegalidades, hay cuestiones en las que uno no debería entrar. Ni uno, ni la familia de uno—añadió—. Es una cuestión de moral, de ética.
***
—Saaaaaanchooo —el grito atravesó todo el palacio presidencial.
Petunia entró en el despacho de su marido sin llamar a la puerta. Daba igual si estaba reunido con alguien, tenía que hablar con él inmediatamente.
—¿Qué sucede ahora? Y baja el volumen, que no tiene por qué enterarse todo el mundo de lo que me vas a decir.
—¿Has oído la entrevista del tío ese de la oposición? ¡Qué desfachatez, qué machismo! ¡No sé cómo se puede andar así por el mundo en pleno siglo XXI!
[…]





