Del “trampismo” al sanchismo (de Sancho)

—Dime, Alberto.

Alberto era un amigo de Sancho desde su juventud, al que había colocado como «asesor para asuntos americanos», por ser un gran conocedor de aquel país (tal y como bromeaba Sancho, su amigo todavía iba muchas veces a comer a McDonald’s).

—¿Has visto lo de Trump?

—¿Qué cosa? Hay tantas… El tío no para de generar noticias, es casi mejor que yo, jajaja.

—Lo de su inmunidad. Es casi intocable como presidente. ¿No se te ha ocurrido hacer algo parecido?

—Ya me gustaría. Pero que lo pusiera en la constitución, como la inviolabilidad del rey. Y es que, si no, mi persona se encuentra con muchas trabas a la hora de ejercer la labor de gobierno, que no resulta tan eficaz por culpa de algunas limitaciones.

—Vale, vale, a mí no hace falta que me sueltes el discurso político —rio Alberto—. Yo ahí te dejo la idea, ahora es cosa tuya desarrollarla.

***

Tras la llamada de su amigo y asesor, Sancho convocó en su despacho al ministro de Justicia y Presidencia, Alejandro Avendaño, para evaluar sus posibilidades.

—Pues este es el planteamiento, Alejandrito —el ministro odiaba que utilizase el diminutivo—. Como jurista que eres, ¿cómo ves su encaje?

—Vamos a ver, Sancho… —Avendaño no quería contradecir a su jefe, pero en esta ocasión resultaba complicado—. Primero, sería mejor no mezclar términos, no es lo mismo inviolabilidad, que inmunidad, que impunidad. Pero, independientemente de eso, no podemos plantear una «inviolabilidad presidencial», esa figura está referida al rey, por ser el jefe de Estado.

—Vale, entonces, si nos convirtiéramos en una república, ¿podría plantearse? —inquirió Sancho, fantaseando ya con las posibilidades que se le abrían.

—Yo creo que quizás podría plantearse… si estuviésemos en ese escenario. Pero eso es todavía mucho más complicado de hacer que los indultos, la amnistía, el 100% de la financiación para esa región que tú y yo sabemos, o cualquier otra cosa que hayamos hecho hasta ahora. Lo mejor sería centrarse en asuntos que sí podamos conseguir.

—Está bien —concedió Sancho, ligeramente desanimado al ver que (al menos, de momento) se le cerraba esa posibilidad—. ¿Sería entonces factible diseñar una especie de inmunidad al estilo de Trump?

—Ahí sí que podemos trabajar. De hecho, ya tenemos mucho avanzado.

—A ver, dime qué tenemos.

—Ahora mismo controlamos el poder ejecutivo, ya que somos el gobierno, a pesar de que a veces los de Aluvión dan un poco la lata, que a ver si moderas un poco a Lavanda Suárez. El legislativo, más o menos, a través de alianzas con diversos partidos. En el judicial, además de jueces más o menos de nuestra ideología, más o menos el Consejo General Judicial y, por supuesto, el Tribunal de Garantías Constitucionales. Y en los medios de comunicación tenemos unos cuantos que son totalmente afines y nos sirven para apoyar la acción de gobierno y difundir los mensajes necesarios para aleccionar a la ciudadanía, de cara a «ganar el relato».

—Bien. No tiene mala pinta. Diría que hay que trabajar un poco más en los dos últimos apartados. Si conseguimos controlar el poder judicial y dominamos a algunos medios de comunicación, lo tenemos hecho.

—En cuanto al poder judicial, estamos en ello. Y ya sabes que, en cualquier caso, contamos a nuestro favor con la fiscalía y la abogacía general, por lo que estamos bien defendidos. Ahora habría que trabajar más sobre el tema de los medios de comunicación.

—¿Alguna sugerencia?

—Mira, ya que hablamos de Trump (Avendaño lo pronunció como «Tramp»), ¿por qué no nos abonamos al trampismo?

—¿Qué quieres decir? Mira que he pegado giros de guion en mi vida política, pero me resultaría difícil decir que ahora soy trampista.

—No, no, por supuesto. Pero hay algunas cosas que se pueden aprender de él. Sobre todo, en lo de hacer Tramp-as, jajaja —añadió Avendaño, tratando de hacer un chiste.

—¿Alguna idea en concreto? —contestó Sancho, que empezaba a impacientarse.

—Sí, es fácil. Los medios afines ya se dedican a loar todo lo que hacemos bien. Incluso lo que hacemos no tan bien, lo adornan de manera que lo parezca. Y los medios que están contra nosotros solo saben criticarnos y buscar puntos «oscuros». Contra estos, hay que actuar en dos frentes: desacreditarlos y cortarles el grifo.

—¿Cómo lo vamos a hacer?

—Primero, diremos que todo lo que publican son bulos, noticias falsas, historias sin base… podemos buscar multitud de sinónimos para explicarlo. Lo diremos desde el gobierno, desde los partidos afines y desde los medios que nos apoyan. De esta manera, se genera una sensación en la ciudadanía de que es difícil creerse nada. O, como mínimo, muchos pensarán que «todos los políticos somos iguales».

—Pero eso no es justo. ¿Cómo vamos a ser nosotros iguales a los del PdP?

—Qué más da lo que piense la gente. El caso es que nosotros estamos en el gobierno, y ellos en la oposición. Eso es lo importante.

—Vale. ¿Y cómo va lo de cortarles el grifo?

—Ya hemos hecho avances también. Una vez presentada la ley para el progreso de la democracia, limitaremos la financiación pública de los medios. Sobre todo, de los no afines, jajaja. Que a los otros ya les proveeremos a través de publicidad u otros mecanismos.

Bien. Perfecto, pues vamos a implementar ya este trampismo progresista —concluyó Sancho, con una carcajada.

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