36. Sancho II

«El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene,

y de explicar después por qué no ha ocurrido.»

Winston Churchill, político británico

Francisco Almansa estaba muy contento con los últimos sucesos acaecidos en su vida. Siempre había sido un joven muy dicharachero, con don de gentes. Un aspecto que, con los años, se había desarrollado todavía más: tenía una gran labia, mucho poder de convicción. Como no podía ser de otra manera, se había decantado por estudiar Derecho, como su padre. Y, también como él, se había metido en política muy joven, afiliándose a Progreso Social recién cumplidos los dieciocho años.

Sobrepasados los veintinueve, aprobó por fin la asignatura de Derecho Romano que le faltaba. Quizás no había terminado la carrera en los cuatro años estipulados, como otros compañeros de promoción, pero es que ellos no consagraban su tiempo a la política, como él. Y, gracias a esa dedicación, Pancho —que así le llamaban sus amigos y conocidos— esperaba llegar más lejos que ellos profesionalmente. «De forma legal, ¿eh?» —añadía, con una risa contagiosa.

Además de su dominio del lenguaje, que le permitía crear discursos convincentes y bien estructurados, Pancho era un joven alto y bien parecido. Su madre siempre decía que le recordaba a Kennedy, pero mejorado. Que estaba hecho para triunfar en la política. Y este era precisamente el objetivo de Pancho.

Ese día recibió una llamada del partido para decirle que le iban a ascender a la directiva de las Jóvenes Generaciones. Y eso significaba, entre otras cosas, un mayor contacto con la alta dirección de Progreso Social, que quería controlar de cerca a sus jóvenes cachorros para irlos formando de cara al futuro.

—Las cosas no pueden ir mejor —le explicó Pancho a Lía, su novia—. El mismo día que apruebo el Romano, me llaman para decirme que voy a entrar en la dirección de las Jóvenes Generaciones.

—Sí, es increíble —rio ella—. Bueno, en realidad, no es nada extraño. La verdad es que te lo mereces. ¿Quién mejor que tú?

Estaban terminando los postres en el gastrobar al que habían ido para celebrar su buena racha. Era un local vegano que le había recomendado una amiga. Y aunque a Pancho le encantaba la carne (solía decir que «un buen chuletón al punto es imbatible»), a veces le gustaba compartir ese tipo de comidas con Lía, para sentirse más unidos. De repente, sonó el teléfono de Pancho. Era un número desconocido.

—Menudo día más ajetreado —murmuró, mientras descolgaba el teléfono.

—Hola, Pancho. ¿Qué tal? Disculpa que te moleste. ¿Puedes hablar? Es posible que no tengas este teléfono, pero puedes guardarlo en la agenda. Así podremos hablar siempre que quieras, ¿vale?

La mujer que estaba al otro lado del teléfono hablaba a gran velocidad. ¿Quién sería? Le sonaba su voz.

—Sí, claro. Disculpa, pero…

—Ah, perdona tú —dijo ella, dándose cuenta de que no se había presentado—. Soy Juana Barros. La vicepresidenta.

Además de hacerlo a gran velocidad, Juana hablaba en un elevado tono de voz, por lo que Lía podía seguir la conversación sin problemas.

[…]

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