«La primera vez que me engañes será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía.»
Proverbio árabe
Finalmente, llegó el esperado día de las elecciones. Como predecían todas las encuestas (a excepción de la oficial, realizada por el CSS, que apostaba por la victoria de Progreso Social), el ganador fue el Partido del Pueblo, pero por un margen más ajustado del que se preveía, por lo que no podía alcanzar mayoría absoluta ni siquiera con el apoyo de Pópuli, un partido más extremista.
Sancho, acompañado de su equipo más cercano, siguió el recuento con nerviosismo, una sensación que pronto se fue convirtiendo en euforia. Iban a ganar las elecciones. Bueno, ganar quizás no, pero ¿para qué se hacen unas elecciones? Para gobernar. Por lo tanto, si él era capaz de seguir en el gobierno, es evidente quién era el ganador.
El recuento fue avanzando y las posiciones se mantenían ya bastante estables, ya no iba a haber muchos cambios. Explicó a sus colaboradores que necesitaba unos minutos de reflexión y, tras abrazarlos uno a uno, se dirigió a su despacho. Al entrar, cerró la puerta con llave. Tenía que mantener una importante conversación con la única persona con la que podía hablar en aquellos momentos. Solo ella podía aconsejarle en una situación tan difícil. No podía confiar en nadie más, ni siquiera en Petunia.
Se sentó en su sillón de cuero vegano y se quedó un rato mirando su móvil.
«No sé si echarme una partidita al juego ese, para relajarme antes de hacer lo que tengo que hacer.»
—Tengo que resolver este problema, voy a coger el toro por los cuernos —se dijo a sí mismo en voz alta, activándose para ponerse en pie.
Abrió un cajón de su escritorio. Bajo una montaña de papeles relativos a diversos asuntos sin resolver, había una pequeña llave. Con ella se dirigió a una estantería llena de libros y cogió uno que estaba al revés. Utilizando la llavecita, abrió un compartimento oculto; era un falso libro que empleaba para esconder pequeños objetos.
De allí, sacó una llave de aspecto antiguo y robusto, más grande que la anterior, con la que se dirigió hacia un cuadro que había en un lateral del despacho. Tras él había una caja fuerte, con una cerradura para la llave y un teclado para introducir una combinación, que se bloqueaba a los tres intentos fallidos. Era una caja de súper alta seguridad, diseñada por los servicios secretos, construida con una aleación de cromo, cobalto y níquel, y un recubrimiento exterior de grafeno.
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