19. Primeras vacaciones

«El mayor goce es el descanso después del trabajo.»

Immanuel Kant, filósofo alemán

Sancho entró en la habitación arrastrando los pies. Había sido un día muy largo y estaba deseando descansar un poco. Petunia lo observó al entrar y, viendo su estado, le dijo:

—¿Qué tal el día, cari? Pareces agotado.

—Huy, no lo sabes tú bien —respondió él, desplomándose en el sofá—. No he parado en todo el día, he tenido siete reuniones, todo el rato de aquí para allá… Recibe a estos, ahora coge el coche oficial y vete a ver a aquellos, después el helicóptero para ver a los otros… hoy solo me ha faltado montar en el Eagle.

—Ya sabes, un gran cargo implica una gran responsabilidad, ¿no? Y tú ahora eres el presidente del país, el más importante.

—Sí, eso sí. Pero, si te digo la verdad, en días como hoy no sé muy bien qué hago. Todas esas reuniones, y no sé muy bien qué hemos sacado en limpio. ¿Sabías que hace unos años Bélgica estuvo más de quinientos días sin gobierno? —continuó, con tono apesadumbrado—. Y lo peor es que en ese año y medio, sus cifras económicas mejoraron claramente.

—No te agobies. Tú estás aquí para mejorar la vida de tus conciudadanos, pero no se puede hacer todo de la noche a la mañana. El caso es ir progresando poco a poco, paso a paso vas a transformar el país.

—Tienes razón. No lo estamos haciendo tan mal, ¿no? —preguntó, de forma retórica.

—En absoluto, Sanchi, todo lo contrario —contestó Petunia.

«Cuando Petunia me llama Sanchi es que me va a pedir algo, o va a decir algo que ella considera importante.»

—Por cierto, ¿qué estabas mirando en el ordenador? —preguntó Sancho.

—¿Te acuerdas cuando compramos el piso? —respondió ella con otra pregunta.

—Sí, claro. De hecho, aún no hemos terminado de pagarlo, aunque ahora vivamos aquí, en el palacio presidencial.

—Qué ilusión nos hizo —siguió ella, con cara soñadora—. Comprarlo, decorarlo…

—Sí, sí que es verdad.

«¿Qué querrá esta? ¿Venderlo?»

—Pues fíjate, resulta que ahora vivimos en… una vivienda —Petunia prefirió repetirse antes que llamarle palacio— que está valorada, según una plataforma inmobiliaria, en más de cien millones de euros; y eso, sin tener en cuenta su valor histórico.

Sancho no se había parado a pensar en ello detenidamente. En un programa televisivo emitido antes de llegar a la presidencia, dijeron que seguirían viviendo en su piso aunque ganase las elecciones generales. Pero tenía que reconocer que aquí se estaba mucho mejor, rodeado de varias hectáreas de jardines y con instalaciones de todo tipo. Y por supuesto, estaban las cuestiones de seguridad, claro, que eran las que finalmente habían servido para justificar el traslado.

—Y no solo eso —prosiguió ella—. Sino que, además, tenemos todo pagado, como en aquel premio que nos había tocado. Servicio completo, ya no tenemos que preocuparnos por limpiar, hacer la comida o la colada; ni siquiera por lavar el coche o llenar el depósito. ¿Te das cuenta?

[…]

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