Sancho solía vanagloriarse de ser un «gran apostador». Entre sus anécdotas preferidas figuraba cuando había ganado una partida de póquer con apenas una pareja de cuatros cuando uno de sus oponentes tenía un full. Una situación que, según él, le había servido de inspiración cuando ejecutó la moción de censura contra el entonces líder del PdP, Ignacio Amestoy.
—Por eso, vamos a colaborar con la autoridad judicial con absoluta transparencia. Como no puede ser de otra manera. Para que nadie tenga dudas de que en este caso, como en tantos otros, lo único que estamos sufriendo es un ataque injustificado, sin ninguna base, por parte de la barrosfera.
Tras esta aclaración, Sancho dio por finalizada la rueda de prensa y se dirigió al interior del palacio presidencial, donde encontró a Petunia en la zona de spa, con unos AirPods en sus orejas y la tableta sobre sus rodillas, mientras se relajaba en una tumbona, tomándose un batido.
—¿Qué tal, Sanchi? ¿Cómo ha ido la rueda de prensa?
—Bien. Desde que he puesto ese director de comunicación, que solo deja preguntar a los medios afines, la cosa va mucho mejor. Hay menos interferencias para poder comunicar la verdad a la ciudadanía.
—Genial. Sí, te he estado viendo en streaming. Has estado contundente, es mejor dejar las cosas claras.
—Sí, así soy yo.
—Por cierto, Sanchi…
«Ya sabía yo que esto de que me llamara Sanchi no era gratuito.»
—¿Sí? Dime, cari.
—¿Qué has querido decir con «absoluta transparencia» a la hora de colaborar con la justicia? ¿No pretenderás explicarle a ese juez tan pesado todas las cosas que hacemos aquí en el gobierno, no? —preguntó Petunia con tono indignado, incluyéndose a ella misma en el Poder Ejecutivo.
—Ay, qué inocente eres a veces, pichona mía. Pues claro que no. ¿No has oído hablar de eso de la independencia de los poderes? Pues eso, no vamos a dejar que el Judicial quede por encima del Ejecutivo, solo nos faltaría eso.
—Vale. Pero, entonces, ¿qué significa lo que has dicho? Porque parecer, parecía bastante nítido. Bastante «transparente» —enfatizó, haciendo el gesto de las comillas al decir la última palabra.
—¿Te acuerdas cuando te enseñé a jugar al mus? —respondió Sancho, con otra pregunta.
—Sí, claro. Y aprendí rápido, ¿eh? —añadió ella, con una sonrisa.
—Recordarás que hay una serie de señas para comunicar mensajes a tu compañero.
—¿Qué quieres decir? ¿Que cuando compareces en las ruedas de prensa, haces señas para indicar alguna cosa? Ya me parecía que a veces hacías gesticulaciones demasiado exageradas, jajaja.
—No, no me refiero a eso. Y no sé por qué dices eso de las gesticulaciones… Pero a lo que iba, es mejor todavía. Lo que debes fijarte es en el uso de palabras clave. Yo ya las tengo aprendidas, interiorizadas, pero son fáciles de reconocer.
—Ajá —contestó ella, sin terminar de entender—. Intuyo que «transparencia» será una de ellas.
—Así es. La clave para reconocer cuándo estoy utilizando una palabra de ese estilo es la siguiente. Lo primero, tiene que ser un concepto rotundo, claramente identificable. Ya sabes que a mí me gusta siempre plantear dicotomías: progreso frente a retroceso, derechos frente a recorte de libertades, etcétera. Cuando utilizo una de esas palabras clave, cualquiera podría entender a qué me refiero.
—Sí, entiendo. Pero espera un momento. Si transparencia es lo que todo el mundo entiende que es, estás queriendo decir que vas a colaborar con la justicia sin esconder nada. Y si, además, dices «total transparencia», o «absoluta transparencia», aún peor. ¿Qué vas a hacer, Sanchi? Sé que te gusta apostar, pero me estás dando miedo.
—Tranquila, Petu. Falta la segunda parte de este método. Cuando utilice una de esas palabras, por ejemplo, transparencia… en realidad, lo que voy a hacer es exactamente lo contrario. Así que, en lugar de absoluta transparencia…
—Total opacidad. Vale, lo veo.
—O incluso obstrucción a la justicia. Pero como eso sería un delito, lo dejaremos en ponérselo al juez lo más difícil posible, con todos los medios a nuestro alcance.
Contenido Extra: Absoluta transparencia
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