49. Richtown

«El provecho de uno es el perjuicio de algún otro.»

Michel E. De Montaigne, filósofo francés

Richtown era un bello municipio costero que había experimentado un espectacular crecimiento gracias al auge del turismo. La simbiosis perfecta entre sus espectaculares calas bañadas por un mar azul turquesa y las montañas que rodeaban su bahía habían convertido el lugar en el paraíso terrenal donde miles de personas habían decidido disfrutar de la vida.

El nombre original del pueblo era San Cosme de la Vereda, pero ya nadie recordaba la antigua denominación oficial. Su pujanza económica propició que los vecinos de los alrededores comenzaran a llamarle «pueblo rico», y con los años, convertido ya en una pequeña ciudad, todo el mundo se refería a él como Richtown.

En las últimas décadas, miles de británicos habían fijado su residencia en la localidad y, en la práctica, entrar allí era como hacerlo en una ciudad inglesa de las de toda la vida. Las espectaculares mansiones situadas en el límite del casco urbano recordaban en su arquitectura a las de la campiña, el paseo marítimo homenajeaba con una enorme estatua al almirante Nelson, y en los locales comerciales de la ciudad el idioma por defecto era, por supuesto, el inglés.

 En ocasiones, los vecinos más viejos del lugar bromeaban con que solo les faltaba tener una frontera para delimitar su territorio. Los habitantes de Richtown vivían como en una isla dentro de otro país, en el que la mayoría de sus habitantes desconocían su existencia. Una situación que iba a cambiar muy pronto.

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Las elecciones municipales consolidaron una tendencia que se veía venir desde hacía años. El partido Free Richtown se había impuesto claramente sobre las otras alternativas y gobernaría la ciudad en solitario.

El alcalde, John Smith, presumía de ser muy campechano («tal y como indicaba su vulgar nombre»), y «tan británico como richtownero». El enorme número de votos recibido por parte de sus compatriotas ya le habían hecho ganar las elecciones anteriores, pero en estas su ventaja aumentó considerablemente gracias al incremento del voto «local», de los vecinos de toda la vida.

Según los analistas, esto se debía a la combinación de dos factores: por un lado, todos los habitantes del pueblo se beneficiaban de la bonanza que producía el modelo económico que combinaba turismo y residencia de extranjeros con alto poder adquisitivo. Y por otro, John Smith había sabido armonizarlo de forma excelente con una especie de populismo localista, que hacía que todos los habitantes se sintieran orgullosos de ser de esa ciudad.

Su modelo económico y social se había convertido en la envidia de muchos pueblos colindantes, propiciando que John Smith extendiera el campo de actuación de su partido, lo que le permitió obtener varios concejales en diversas localidades. En los últimos comicios su éxito se había extendido incluso a la capital provincial, donde obtuvo un concejal que, además, resultaba decisivo.

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