«Debemos escuchar lo que se dice, pero aún más importante en una negociación
es escuchar todo aquello que no se dice.»
Peter Drucker, consultor austríaco
El día que se confirmó el acuerdo, Sancho recibió una llamada que temía desde hacía semanas. Nada más y nada menos que Fernando Fernández, el otrora todopoderoso dirigente de Progreso Social. Ahora, él tenía más experiencia como presidente que en sus primeras conversaciones con el veterano líder, por lo que se sentía más seguro. Encogió los hombros y dando un suspiro, deslizó su dedo índice por la pantalla para atender la llamada.
—Sancho, ¿qué tal? Soy Fernando Fernández.
—Hola, Fernando, ¿cómo te va?
—Pues no muy bien, y podría decir que es gracias a ti. O, mejor dicho, por tu culpa. ¿Cómo habéis podido firmar eso? Es inaceptable —el viejo líder decidió evitar los circunloquios e ir directamente al grano.
—No sé de qué me hablas, Fernando. Bueno, sí que lo sé, claro. Pero esto es la política, el arte de negociar, ¿no? Tú mismo has alardeado de algo así en alguna ocasión.
—Estoy de acuerdo en eso. Pero hay cosas con las que uno no puede negociar, hay que conocer los límites. Además, nuestro partido siempre ha sido el adalid de la lucha por la igualdad.
«¿El adalid? Este tío es un poco carca.»
—Sin duda, no hay nadie que luche más por la igualdad que yo. Fíjate que hasta tengo un ministerio dedicado a eso. Cosa que, por cierto, tú no tenías; así que no vengas ahora a darme lecciones —añadió, elevando el tono de voz—. Una cosa es lo que era Progreso Social cuando tú lo dirigías, y otra cosa es este nuevo Progreso Social, adaptado a los tiempos modernos.
—En cualquier caso, si defendemos la igualdad, no podemos participar en una ley que amnistía a unos políticos, prácticamente, por ser quienes son. Ellos sabían, cuando hicieron lo que hicieron, que era ilegal.
—Probablemente, ese es el problema, que los políticos tenemos muchas limitaciones para hacer nuestro trabajo. Las cosas de la política no deberían salir de la política, hay que desjudicializarla.
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