«Más que las ideas, a los hombres los separan los intereses.»
Alexis de Tocqueville, pensador francés
La reunión entre los dos principales partidos independentistas se preveía tensa. Unos años antes la intentona golpista había fracasado y, sin embargo, hoy en día estaban más cerca que nunca de conseguir sus objetivos.
Cada uno de ellos, por separado, trataba de sacar el máximo partido a las negociaciones con Sancho, con el fin de presentarse antes su electorado como los que habían conseguido una u otra cosa: desde los indultos, a la amnistía, pasando por el cien por cien de la recaudación de los impuestos de la región. Todos ellos eran, sin duda, asuntos importantes. Pero faltaba el premio gordo: la independencia. Y ambos querían apuntarse ese tanto.
No obstante, habían decidido acercar posturas entre ellos, para conseguir una posición más fuerte de cara a la negociación con el gobierno central. Pero, cuando parecían estar a punto de cerrar el acuerdo, un grupo formado por algunos diputados que realizaban su labor en el parlamento estatal planteó otra alternativa.
Aquello generó un conato de enfrentamiento en el que casi llegan a las manos. Después de todo lo que habían luchado por llegar hasta la situación actual… ¿Qué narices estaban diciendo aquellos diputados? Los defensores más extremistas de la independencia les acusaron de moverse por intereses propios.
—¿Qué pasa, ahora ya no queréis la independencia?
—Lo que pasa es que ahora estos viven muy bien. Están acostumbrados a vivir en la capital del Estado, con un buen sueldo. Y, claro, si nos hiciéramos independientes se quedarían sin eso.
—Todos los que estamos aquí buscamos lo mejor para nuestra nación. Si nos dejáis explicarlo, veréis que tenemos razón. O, por lo menos, que deberíais considerar esta posibilidad —se defendieron.
—Muy bien —terció uno de los líderes independentistas—. Siempre hemos presumido de ser organizaciones democráticas, así que dejemos hablar a los compañeros, a ver qué nos tienen que contar.
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