«El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.»
Lord Acton, historiador inglés
La relación entre Joan Vert y Sancho se había enfriado en los últimos tiempos. Algunos, dentro del partido, creían que se debía a que el ministro era el único capaz de llevarle un poco la contraria, algo que no agradaba al presidente. Mientras que otros apuntaban a asuntos más o menos turbios, como, por ejemplo, aquel suceso del aeropuerto que nunca había sido aclarado. Un día, Sancho recibió una llamada que iba a cambiar para siempre su relación con Vert.
—Sí, Felipe, dime.
Felipe Díez era director de uno de los periódicos más importantes del país, con una línea editorial próxima a los intereses del gobierno de Sancho.
—Me ha llegado una información que te puede resultar de interés. Es sobre Joan Vert.
—¿De qué se trata?
—Todavía hay mucho que investigar, ¿eh? —advirtió Felipe—. No quiero adelantarme a los acontecimientos. Pero he preferido que tú lo sepas, por si acaso.
—Venga, que me tienes en ascuas. ¿Qué es lo que pasa?
—Quizás, es posible que él o alguno de sus colaboradores directos, estén metidos en alguna trama en la que, ¿cómo decirlo? Algún dinero público podría haber llegado a determinadas manos.
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