La casa de papel

—Bandana, soy Imanol.

—Pequeñín, te tengo dicho que no digas nombres por teléfono —respondió el otro, con una voz extraña.

—Perdona, perdona. Pero, ¿no tenemos móviles seguros, entonces? ¿Para que compramos tantos aparato de prepago, si no es para poder hablar tranquilos?

—Toda precaución es poca, amigo. Vamos a cortar, por si acaso. Destruye el móvil y la tarjeta SIM. Dentro de una hora quedamos en el local que ya sabes.

—De acuerdo, nos vemos allí.

Cincuenta minutos después, Imanol aparcó su Opel Kadett GSI detrás de un Lamborghini amarillo que conocía bien. ¡Qué precioso era ese coche! Algún día tendría uno. Después de echar un vistazo alrededor para cerciorarse de que no había «moros en la costa», se encaminó hacia un edificio plagado de pisos turísticos.

Sacó un móvil de su bolsillo derecho y pulsando un link, abrió el portal. Subió cuidadosamente por las escaleras, procurando no hacer ruido a pesar de sus más de 130 kilogramos, y en la tercera planta se dirigió por un largo pasillo hasta el fondo, dobló una esquina y se dirigió hacia el único apartamento que había en aquel descansillo. Pulsó otro enlace en su móvil e introdujo una contraseña, lo que hizo que la puerta se abriera de manera extremadamente silenciosa.

Al entrar en el piso fue directamente hacia una estancia que se había habilitado como sala de reuniones. La habitación estaba insonorizada y contaba con un inhibidor de frecuencia y otros aparatos para evitar cualquier tipo de espionaje, un sistema que había preparado el propio Imanol con material suministrado de manera clandestina por un contacto que tenía en las fuerzas de seguridad. En la sala estaban esperándole Bandana y Joan Vert.

—¿Qué sucede? Os veo muy serios —Imanol tenía fama de ir siempre al grano.

—Tenemos entre manos asuntos muy importantes —explicó Bandana, mientras Vert asentía con la cabeza—. Por eso, quería reunirme con vosotros en este sitio, fuera de interferencias y posibles escuchas, para establecer un nuevo protocolo de comunicación. Es fundamental que lo que hablemos entre nosotros, quede entre nosotros.

—Bien, además de utilizar los móviles seguros, ¿qué sugieres que hagamos?

—Podemos utilizar alguna app más segura. No me fío de WhatsApp, ni siquiera de Telegram. Quizás deberíamos ir a otras como Silent Circle o Signal.

—Bien —respondió lacónicamente Vert.

—Toda precaución es poca —confirmó Imanol.

—Además —continuó Bandana— deberíamos utilizar motes a la hora de hablar entre nosotros. ¿Habéis visto la casa de papel?

—¿De qué hablas? —preguntó Vert—. ¿Es eso del cuento de los tres cerditos, o algo así?

—No, jefe —intervino Imanol—. Creo que se refiere a la serie de Netflix. ¿No?

—Exacto. Si no las visto, Joan, deberías hacerlo. Trata de unos atracadores que son muy buenos en lo suyo. Hay mucho que aprender de ellos.

—Ah, sí, algo me suena que me ha comentado Jenny de esa serie (Jennifer era una amiga con la que se relacionaba Vert en los últimos tiempos).

—Siempre van con máscara —continuó explicando Bandana— y entre ellos se llaman con motes, con nombres de ciudades: Nairobi, Helsinki, Moscú, Río… De esta manera, aunque los rehenes los oigan, nunca sabrán su identidad real.

—Me parece buena idea. ¿Has pensado ya los motes?

—Sí, yo seré El profesor —contestó Bandana—. Como en la serie, soy un poco el ideólogo. Aunque también podéis llamarme Brillante, os acordaréis fácilmente del mote por la gomina que llevo en el pelo.

—¿Y yo? —inquirió Imanol.

—Tú, obviamente, serás Grandullón. Aunque también puedes ser Pequeñín, para disimular un poco, jajaja.

—¿Y yo, maestro? ¿Quién seré yo? —terció Vert, en tono burlón.

—¿Quién vas a ser? Tú eres el boss, el jefe. Y si queremos disimular un poco, te podemos llamar Gremlin, ya que te gusta tanto esa película.

—De acuerdo, me vale —respondió Vert—. Pero si yo soy «el jefe» (subrayó estas dos palabras haciendo el gesto de comillas con las manos), ¿cómo llamamos al presi?

—Lo podemos llamar Number One, por ejemplo —contestó Bandana—. O el puto amo, que todos lo entendemos.

—De acuerdo, pues así lo haremos.

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