03. Primeros pasos

«No cuentes los días,

haz que los días cuenten.»

Muhammad Ali, boxeador

Como habían predicho las encuestas, Progreso Social obtuvo veintiún concejales en las elecciones municipales, lo que significaba que se quedaban en la oposición y la alcaldía era para el Partido del Pueblo. Por su parte, Sancho fue en el número veintitrés, por lo que se confirmaron sus temores: se había quedado sin el puesto de concejal.

Al día siguiente de las elecciones andaba taciturno y malhumorado, reflexionando sobre si habría acertado o no cuando aceptó meterse en ese proyecto. De repente, alguien llamó a la puerta de su despacho en la sede municipal del partido, un lugar que habitualmente compartía con otras tres personas, aunque en aquel momento se encontraba a solas. Era Araceli.

—¿Qué tal te encuentras?

—Pues no muy bien, la verdad —respondió él, con un amago de sonrisa—. Creía firmemente que iba a conseguir entrar.

—La política es así. Unas veces se gana y otras se pierde. Tú, que has sido deportista, deberías saberlo.

Sancho se sorprendió de que ella conociera ese dato de su pasado. Posiblemente, lo había intuido por su cuerpo fibroso, o quizás Araceli le había investigado un poco más a fondo de lo que él pensaba antes de ofrecerle el puesto.

[…]

En los siguientes comicios revalidó su acta de concejal. Se había consolidado dentro del grupo municipal de su partido, la vida le sonreía y notaba cómo sus padres le miraban orgullosos cuando iba a comer con ellos los domingos.

Lo que él no sabía es que se iba a producir otro cambio en su vida, todavía más trascendental que los anteriores. Y es que no solo de pan vive el hombre: el amor llegaba a su vida.

***

Sancho

«Me acuerdo perfectamente del día que conocí a Petunia. Tras mi vuelta a la capital, había tenido varias relaciones, aunque ninguna demasiado seria. Algunos de mis colegas me acusaban de ligón (tengo que reconocer que no les faltaba razón), pero era simplemente porque no había conocido a la persona adecuada.

Uno de mis mejores amigos, Luis, estaba de cumpleaños. Como celebraba los treinta, quiso hacer algo especial, así que decidió «tirar la casa por la ventana», montando una gran fiesta en la que se juntaron personas de distintos ámbitos. Entre ellas, algunas a las que yo nunca había visto. Y en medio de toda esa gente resplandecía Petunia.

Estaba charlando con Jaime y Arancha cuando entró, acompañada de un grupo de amigas. Nuestros ojos se conectaron durante unas décimas de segundo y ya no pude pensar en otra cosa que hablar con ella. ¡Tenía que conocerla!

Busqué a Luis y le pregunté de qué conocía a aquellas chicas que acababan de entrar. Resultó que trabajaban en el ámbito del marketing y las había conocido por temas laborales, pero luego habían trabado cierta amistad. Luis notó mi interés y me preguntó a qué se debía.

—¿Qué pasa, Sancho? ¿Nuestro galán le ha echado el ojo a alguna?

—Pues no te lo voy a negar, Luis. No sé si es el mojito que estoy tomando o qué, pero he sentido algo que no sabría muy bien cómo explicar. Incluso estoy nervioso.

—¡Huy! Eso son mariposas en el estómago… Me parece que alguien aquí ha sufrido un flechazo.

—Déjate de coñas, Luis… Búscate una excusa y preséntamelas, ya me las arreglaré yo luego.

—No, si ya sé que a ti labia no te falta… Pues si estás listo, vamos para allá.

[…]

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