01. Los comienzos

«Si no logras desarrollar toda tu inteligencia, siempre te queda la opción de hacerte político.»

G. K. Chesterton, escritor británico

Sancho Pérez llegó al mundo en la década de los setenta del siglo XX. Su nacimiento, un veintinueve de febrero, era motivo de mofa por parte de algunos de sus compañeros de colegio, que se burlaban de él diciéndole que tenía tres años cuando ya había cumplido los doce. Sin embargo, él siempre lo había interpretado como una muestra más de lo especial que era («¿Sabes que solo una de cada mil quinientas personas nace en una fecha así, y que tenemos incluso una sociedad honoraria de los nacidos en día bisiesto?» —replicaba, sin mucho éxito).

De familia acomodada, gozó de una buena educación, completando sus estudios universitarios en una institución privada; un aspecto que —como decían sus padres— no garantiza el éxito, pero resulta de ayuda, proporcionando ciertos contactos. Además, también estudió en Irlanda durante un curso y vivió un tiempo en Estados Unidos, lo que le permitió dominar en cierta medida el idioma de Shakespeare.

Además del control de otras lenguas, Sancho realizó algunos cursos relacionados con la política económica y con el liderazgo, que le permitieron ir incorporando diversos elementos a su acervo de conocimientos. Este bagaje resultaría relevante un tiempo después, cuando pudo ir ascendiendo en el escalafón del partido; pero esta historia tiene su inicio una bonita noche de primavera en la que se reunió con sus amigos.

Sancho contaba con un reducido grupo de colegas, algunos de su etapa en el instituto y otros de la facultad. Siempre había presumido de ser «muy amigo de sus amigos».

***

—¡Esta pizza está cojonuda! —afirmó Sancho, mientras masticaba un bocado, al mismo tiempo que miraba al resto del grupo.

—Sí que lo está —le contestó Luis, uno de sus mejores colegas—. ¡Esto es vida!

—¿Habéis pensado alguna vez en triunfar? —preguntó Sancho, poniendo una pose pensativa.

—¿Qué quieres decir? —terció Alberto, otro de los componentes del grupo—. Por supuesto que queremos triunfar en la vida, ¿quién no? Somos jóvenes, guapos y bien preparados, lo tenemos todo para ser unos ganadores —añadió, con una carcajada.

—Me refiero a participar en la vida política. En nuestro país y en toda Europa se están produciendo grandes cambios. Está muy bien formar parte de ellos, pero… ¿no os gustaría protagonizarlos?

—Caray, Sancho, qué intenso te pones a veces —intervino Arancha, la más joven del grupo—. Pero parece una idea interesante. Cuéntanos un poco más en detalle qué estás pensando.

—La cuestión es que, a través de mi padre, el otro día conocí a alguien metido en política; y charlando con él llegué a la conclusión de que es una excelente manera de cambiar el mundo a mejor.

—¿Cambiar el mundo o cambiar tu mundo? —dijo Jaime, el más mayor de todos.

 Cercano a la treintena, Jaime estaba dotado de una gran inteligencia, pero en ocasiones destilaba cierto cinismo. Este aspecto de su personalidad era algo que normalmente les hacía gracia a sus amigos, aunque en determinadas situaciones les resultaba inquietante.

—Ostras, Jaime, tú sí que eres intenso —respondió Sancho, mirándolo fijamente—. No voy a contestar a eso, bien sabes a qué me refiero.

—Tengamos la fiesta en paz —medió Arancha—. Deja que Sancho desarrolle su idea y la debatimos; como mínimo, nos entretenemos un poco.

—He decidido afiliarme a un partido político y creo que vosotros deberíais pensar en hacer lo mismo. Os conozco y sé que tenéis ideales.

—Ah, vale. ¿Y ya has pensado a cuál, «Mr. Top Secret»? ¿O no nos lo vas a decir? —dijo Luis, con una carcajada.

—Hombre, claro, le he dado muchas vueltas. En nuestro país solo hay dos alternativas de gobierno: Progreso Social (PS) y el Partido del Pueblo (PdP). Así que tiene que ser en uno de esos dos.

[…]

Capítulo 1

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