El súper asesor

Tras finalizar una llamada, Sancho se reunió con sus más estrechos colaboradores para debatir un asunto sobre el que llevaba unos días elucubrando. Junto a él se sentaban la vicepresidenta y ministra de Caudales Públicos, Juana Barros; el ministro de Transportes, Joan Vert; y Alejandro Avendaño, ministro de Justicia y Presidencia.

—Hay una cosa que me preocupa —comenzó Sancho—. Bueno, en realidad, tampoco mucho, pero es que los de la Unión Temporal de Estados Europeos me dan la lata con ello cada vez que me ven en una reunión.

—¿De qué se trata? —inquirió Joan Vert.

—Están muy pesaditos con el tema del déficit. Yo ya les digo que estamos trabajando en ello, que cada vez recaudamos más impuestos, pero ellos me insisten en que también podría ajustar un poco los gastos.

—Qué fácil se ve desde fuera —intervino Juana Barros, en un tono un poco más elevado de lo normal—. No son conscientes de todos los compromisos que tenemos.

—Eso es lo que yo les digo. Pero he estado pensando en una cosa… Alejandro, ¿cuántos asesores tiene el gobierno?

—Pues ahora mismo debemos andar cerca de mil.

—¿No son muchos? —continuó Sancho—. Algunos primeros ministros de otros países me dicen que ellos tienen la mitad, o la cuarta parte.

—No creas —respondió Avendaño—. Cada país tiene sus necesidades, su idiosincrasia. Y ten en cuenta que aproximadamente la mitad están adscritos a Presidencia del gobierno. O sea, a ti.

—Sí, bueno, esos son imprescindibles, está claro.

—También debes tener en cuenta que ahí tenemos colocados a muchos de los nuestros. No los podemos quitar así como así.

—Sí, eso es verdad —respondió Sancho, que continuaba pensativo.

—¿Qué es lo que te ronda por la cabeza? —preguntó Juana Barros.

—Veréis, hay alguien que me ha hecho reflexionar. Una persona a quien Vert conoce bastante bien —dijo, mientras miraba con una sonrisa al ministro de transportes.

—Conozco a mucha gente —respondió con tono afable—. ¿A quién te refieres?

—A Héctor Bandana. ¡Qué tío!

—Sí, es todo un personaje. ¿Y sobre qué te ha hecho reflexionar, si se puede saber? ¿De qué habéis hablado? —respondió Vert, con un puntito de celos.

—No es por algo que hayamos hablado. Es por todo lo que hace. Alejandrito, decías que andábamos por mil asesores, ¿no? Pues si todos fueran como Bandana, yo creo que con cien me llegaba. O incluso con diez.

—Pero, ¿qué dices? Perdona, presidente, pero creo que exageras —respondió Avendaño, un poco molesto por que el presidente le llamase utilizando el diminutivo—. Como hemos comentado anteriormente, muchos son imprescindibles.

—Pues no sé qué te diga. Otra posibilidad sería la remodelación del Consejo de Ministros. Ahora tengo veintidós ministros, pero si lo pusiera a él de vicepresidente… yo creo que con diez ministerios me llegaba, o incluso menos.

Los tres acompañantes de Sancho se miraron entre sí, mientras notaban cómo la inquietud se apoderaba de ellos. Sabían que, en ocasiones, el presidente era muy impulsivo. ¿Y si se cargaba a medio Consejo de Ministros?

—¿Estás hablando en serio? —se atrevió a preguntar Juana.

—Pues mira, yo no sé qué hacen esos cientos de asesores. Por no saber, no sé ni sus nombres. En realidad, si lo pienso, tampoco sabría decir muy bien a qué se dedican muchos ministros —añadió, mirándolos de forma severa—. Sin embargo, sí sé muy bien todo lo que ha hecho Bandana por este país. Este tío es un patriota, se merece una medalla.

—Bueno, bueno, no será para tanto —terció Avendaño.

—¿Qué no? —bramó Sancho—. Mira, ha hecho de diplomático en negociaciones con México y Venezuela; ha participado en el rescate de dos aerolíneas; e incluso nos consiguió mascarillas en lo más duro de la pandemia. Y todo eso, sin dejar de atender sus negocios, que el tío trabaja con petróleo, oro, en el sector inmobiliario… Le da a todo. No sé de dónde saca el tiempo, es casi tan productivo como yo —terminó, con una carcajada.

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