20. El concierto

«Mi ambición era vivir como la música.»

Mary Gaitskill, escritora estadounidense

—Saaanchi —Petunia irrumpió en su despacho sin llamar a la puerta.

«Oh, oh, peligro.»

—Dime, Petunia.

El palacio presidencial tenía un área privada donde vivían el presidente y su familia, y un espacio profesional para trabajar. El despacho era una gran estancia de unos ochenta metros cuadrados, con una decoración clásica que incluía una mesa para reuniones a la entrada y un enorme escritorio al fondo, donde se ubicaba el presidente.

A Sancho no le disgustaba este aspecto de su trabajo. Tenía que viajar mucho en función de las circunstancias, así que la posibilidad de realizar parte de su labor en casa, como si fuese un empleado a distancia, tampoco estaba nada mal. «Lo único que echo de menos es poder trabajar en chándal o en pijama, como otros teletrabajadores».

Petunia comenzó a caminar hacia donde estaba sentado su marido. Sancho miró de reojo la pantalla de su ordenador de última generación y cerró rápidamente la ventana del periódico deportivo que estaba ojeando («solo un vistacito a los titulares y luego ya sigo trabajando»).

—Tengo dos noticias. Como se suele decir, una buena y una mala —anunció ella, con una sonrisa traviesa.

—A ver, cuéntame.

—¿Sabes quién va a dar un concierto en nuestro país dentro de unas semanas? ¡Los Gunners!

The Gunners eran uno de los grupos favoritos de Petunia desde siempre. Sancho los había empezado a escuchar por recomendación suya cuando eran novios y también les había cogido cierto gusto.

—Ah, qué bien. Y ahora supongo que vendrá la mala noticia.

—Sí, la mala noticia es que están las entradas agotadas. Peeero…

«Ahora viene la parte de Sanchi»

—Quizás tú puedas conseguir alguna entrada VIP como presidente, ¿no? —concluyó Petunia, poniendo ojitos.

—Caramba, pues no sé, pero déjame que lo indague. ¿Cuándo dices que tocan?

—Quedan exactamente veinticuatro días —dijo ella, que ya había anotado la cita en el calendario de su móvil.

—No te preocupes, déjalo en mis manos —respondió él, engolando la voz—. No te prometo nada, pero haré todo lo que pueda.

—Ya te encargas, entonces. Sé que lo vas a conseguir, no hay nada que tú no puedas hacer.

Petunia salió del despacho y él se quedó pensando unos instantes, mientras decidía las llamadas que tenía que hacer para solucionar este problema. Tenía suerte con su mujer, siempre le recordaba lo mucho que valía.

***

«En menudo embolado me ha metido Petunia.»

Se puso a pasear por su despacho, mientras reflexionaba sobre cómo enfocarlo. En un primer momento le había parecido fácil, pero luego pensó en diferentes implicaciones que podía tener el asunto y le surgieron ciertas dudas.

—Bueno, hay que afrontar las responsabilidades. Vamos allá. Cuanto antes empiece, antes termino.

Cogió el teléfono y poniendo el manos libres, marcó la extensión del ministro de la Presidencia, que descolgó al primer tono.

—Dime, Sancho.

—Verás, tengo que resolver un problemilla (hizo el gesto de las comillas mientras decía la última palabra, aunque su interlocutor no pudiera verlo). Es algo personal, pero es muy importante para mí y quizás tú puedas ayudarme.

—Lo que quieras, cuéntame.

—Resulta que hay un grupo que le gusta mucho a Petunia… bueno y a mí también. Estos meses están realizando una gira y van a pasar por nuestro país, se llaman The Gunners.

—Ah, sí, hombre, claro, un gran grupo.

«No me suenan de nada.»

—Sí, ¿verdad? El caso es que parece ser que no hay entradas, y me preguntaba si no sería posible conseguir algunas. Seguro que se reserva un cierto número para personas VIP o algo así.

—Ok, entiendo. Yo me encargo, ya te digo algo.

—Estupendo, eres el mejor. Siempre haces un gran trabajo, sabes que lo tengo en cuenta.

[…]

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