«En el juego, muchos deben perder para que pocos ganen.»
George Bernard Shaw, escritor irlandés
Unos días después, Sancho entró en el salón de la parte residencial del palacio, donde encontró a Petunia sentada en el sofá, escuchando música.
—Hola, cari —dijo ella, con voz alegre—. ¿Qué tal ha ido el día?
«Se ha puesto un vestido que sabe que me gusta, está peinada de peluquería e incluso diría que el maquillaje se lo ha hecho un profesional. Además, ¿qué hace todavía con los tacones puestos? ¿Querrá pedirme algo?»
—Bien, ya sabes, con mucho lío. Y tú, ¿qué tal?
—Estaba pensando en aquella vez, cuando fuimos al palacio real, ¿sabes? Hace unos meses, cuando todavía estabas en la oposición.
—Sí, algo me acuerdo —llevaba poco tiempo de presidente, pero a Sancho ya le parecían años.
—La verdad es que es una pasada ese palacio, ¿verdad? Es mucho mejor que el nuestro. Que no sé por qué, por cierto. Parece que en este país todavía hay clases, hay palacios y palacios.
«Ahora sí que me he perdido. No sé por dónde me va a salir.»
—Bueno, que me disperso —Petunia pareció leer la mente de su marido—. Pues resulta que he soñado que yo vivía en ese palacio, rodeada de todo tipo de comodidades.
—Tampoco te quejarás de cómo vives en este, ¿no? —Sancho estaba empezando a impacientarse, al ver que Petunia seguía dando vueltas al tema, sin llegar a nada en concreto.
—No, no, a ver… Y todo esto lo has conseguido tú con tu esfuerzo, ¿eh? Que no pienses que no te valoro.
«Eso ya está mejor.»
—A lo que iba. Dentro de un par de semanas tenemos que ir a una recepción en el palacio real, ¿no? Con el tradicional besamanos y toda esa parafernalia.
—Sí, claro, ya sabes cómo son. —Pues lo que se me ha ocurrido es esto. Como nosotros somos los primeros de la fila, al ser tú el presidente y, por tanto, el más importante…
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