—¡Aaaaauuuggh!
El grito recorrió todo el palacio presidencial, sobresaltando a algunos de los trabajadores que todavía quedaban por allí. Durante unos segundos, todo el mundo se quedó paralizado, esperando una señal para activarse. Al ver que no sucedía nada más, cada uno siguió con sus tareas.
Mientras tanto, el presidente, que estaba encerrado en su despacho y había solicitado que nadie le molestara, no se había enterado. Tenía los cascos puestos y estaba jugando una disputadísima partida a un videojuego, con un diputado de su partido.
Unos instantes después, Petunia —que había salido a hacer unas compras— recibió una llamada en su móvil.
—Mamá, soy yo.
—Sí, ya lo veo. ¿Qué ocurre, hija? Si me llamas, debe ser algo urgente. Los jóvenes de hoy en día no soléis llamar mucho, jajaja.
—Pues sí, es urgente. Estaba aquí en el gimnasio del palacio, corriendo en la cinta, y me he caído, ¿sabes? Yo creo que ha sido porque está un poco desequilibrada, ya se lo había comentado a papá.
—¿Te has hecho daño?
—Sí, no veas, he sentido un dolor muy agudo en la pierna, no sé si me la habré roto.
—¿En serio?
—Sí, tiene muy mala pinta, no puedo andar. Mira, te envío una foto.
—Pero estás en el médico o algo?
—No, me acaba de pasar, por eso te llamo, para que me lleves.
—Es que ahora estoy fuera, díselo a papá. Bueno, espera, ya le llamo yo, y te decimos.
El teléfono de Sancho comenzó a vibrar, pero lo tenía con la pantalla hacia abajo y no podía ver quién le llamaba.
«Si es algo importante, ya volverán a llamar. Ahora que la partida está en lo más interesante, no la voy a interrumpir.»
Después de un rato vibrando, el teléfono se quedó por fin en silencio. Pero justo cuando estaba a punto de conseguir la victoria, el aparato volvió a moverse. Sancho se sobresaltó lo suficiente para que su antagonista se anticipara y acabara con él. Había perdido.
«Ya puede ser importante de verdad. Me han hecho perder, cuando lo tenía hecho.»
Al darle la vuelta al móvil, observó que era el teléfono de Petunia, lo cual le pareció extraño. No solía llamarle cuando iba de compras.
—Sanchi, tenemos una urgencia. ¿Por qué no cogías el móvil —Petunia hablaba a gran velocidad y con un elevado tono de voz.
—No, estaba en una importante reunión, acabo de terminar ahora mismo. ¿Qué sucede?
—Tu hija estaba entrenando en el gimnasio, se ha caído y cree que se ha roto una pierna. ¿No te parece que eso también es importante?
—Sí, claro. Pero no puedo estar en todo, ya te digo que estaba reunido —se excusó—. Y además, tú estás de compras.
—Oye, eso no tiene que ver. Ya estabas avisado de que iba a salir. Lo menos que puedes hacer es ocuparte de tu familia.
—Sí, eso está muy bien. Ya lo hace todo Sancho. Además, te ha llamado a ti, no a mí. Si quiere mi ayuda, que la pida.
—¿En serio? Me parece que esta conversación se nos ha ido un poco de las manos. Tu hija puede tener una pierna rota, y nosotros discutiendo quién tiene que ocuparse.
—Tienes razón, llamaré inmediatamente a seguridad y al médico de palacio, para que vayan hasta allí.
—Pero, ¿no vas a ir tú? —respondió Petunia, elevando aún más el tono.
—Sí, sí, claro —contestó Sancho rápidamente—. Pero para ir adelantando…
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