La manzana sana

—Bueno, pues ya ha pasado el congreso —dijo Petunia con tono despreocupado, mientras cogía una manzana del frutero que había en el comedor.

—Sí… ¡Qué pasada! —afirmó Sancho con vehemencia, todavía con la adrenalina recorriendo su cuerpo—. Ha sido una reafirmación de nuestros valores. ¿Has visto cómo me ovacionaban? Bueno, y a ti también. No te quejarás, ¿eh? Tenemos todo el apoyo del partido.

—No puede ser de otra manera. Sufrimos cada día el ataque de los pseudo medios, de los jueces ultra, de la barrosfera en general. Y todo ello, de manera injustificada. Qué menos que en nuestro propio congreso nos demos ánimos. Y el que no esté al 100%, que no esté. Por eso he tenido que deshacerme de ese tal Lobezno.

—Ya te digo. Es que tiene gracia que, siendo nuestro partido mucho más honrado que el PdP, nos quieran mezclar a nosotros con el fango. ¡A nosotros! ¡Ja!

La hija pequeña de Sancho y Petunia, que también estaba en el comedor, escuchando algo en sus AirPods, se los quitó parsimoniosamente y decidió intervenir en la conversación.

—Oye, bro —dijo, dirigiéndose a su padre—. Una cosa que comentaron en un podcast que acabo de oír. Decían que quizás alguna gente no entienda que en el congreso se haya aclamado a gente que ha desviado dinero público para otro lado. Que una cosa es cerrar filas y otra, hacer alarde de actuaciones cuestionables.

—Tú no serás del PdP, ¿no? —respondió Sancho, forzando una carcajada; no le gustaba que su hija «cuestionase sus políticas».

—No, yo paso de la política. Ya sabes, en casa del herrero, cuchillo de palo, jajaja. Ya me llega con oíros a vosotros. Pero, bueno, si lo prefieres, no digo nada —añadió ella, haciendo ademán de ponerse otra vez los auriculares.

—No es eso —respondió rápidamente Sancho—. En esta familia se practica la democracia, por supuesto —añadió, engolando la voz—. Si quieres decir algo, puedes hacerlo sin problemas, te escucho. Aunque sea algo de la barrosfera.

—Pues mira, precisamente hay una cosa… Me lo ha dicho un colega, ¿eh? Que ya me ha parecido raro, que él nunca se mete en estas cosas. Hasta me he mosqueado un poco con él y todo.

—¿De qué se trata?

—Su teoría era que si alrededor de tu persona hay otras que están implicadas en escándalos de corrupción a diferentes niveles, le parece muy raro que tú no estés metido en nada.

—¿Y tú que les has contestado?

—Que los otros pueden ser casos puntuales, pero que tú no tienes por qué estar implicado. Incluso le he contado el cuento aquel de la manzana sana, ¿sabes? El que nos contaste de pequeñas.

—Ah, ¿sí? ¿Qué cuento es ese? —intervino Petunia.

***

Algunos años antes

—Venga, papi (por aquel entonces, la hija pequeña todavía no llamaba «bro» a Sancho), cuéntanos un cuento para dormir.

—Vale, os contaré el de caperucita roja, que era una niña progresista, que…

—No, ese no —intervino la mayor—. Que ya nos lo sabemos.

—Eso, papi —siguió la pequeña—. Jo, venga, tú sabes inventar muy bien. ¡Inventa uno para nosotras!

Sancho esbozó una sonrisa, mientras su mente trabajaba a toda velocidad, pensando qué podía contarles. Tenía mucha práctica fabulando como político, así que, ¿por qué no podía ser un buen contador de historias?

Tras unos segundos elucubrando, decidió emplear una vieja táctica: mezclar realidad con ficción; o, en este caso, tomar prestados elementos de algunos cuentos clásicos y combinarlos en su imaginación con personajes reales.

—Había una vez una bella princesa, con un cabello dorado como el sol —comenzó, con voz evocadora, mientras se imaginaba a Petunia en ese papel—. Su reino estaba rodeado por un alto muro, que lo protegía de los ataques de los temibles trolls que lo asediaban.

—¿Eran muy malos los trolls, papi?

—Sí, malísimos. Desde que habían sido derrotados, no pensaban en otra cosa que en vengarse. Y estuvieron a punto de conseguirlo.

—No, papi. ¿En serio?

—Uno de ellos se infiltró en el reino y le dio una pócima a la princesa, que cayó sumida en un profundo sueño. Los mejores médicos del reino fueron al palacio, pero nadie era capaz de reanimarla.

—¿Y qué pasó?

—Hasta el reino llegó un apuesto príncipe, el más guapo que hubiera visto nadie por aquellas tierras, montando un precioso caballo blanco —evidentemente, Sancho reservaba este papel para su persona.

—¿Le dio un beso a la princesa? —preguntó la más mayor, haciendo que la pequeña se pusiese colorada.

—No. Bueno, todavía no, no adelantemos acontecimientos. El príncipe traía una cesta de manzanas, que destapó ante los ojos del desconsolado rey, el padre de la princesa, que no entendía nada.

—Yo tampoco —dijo la pequeña—. En el cuento de Blancanieves, la manzana se la da la bruja.

—Sí, pero este cuento es distinto —explicó Sancho—. Las manzanas las había cogido de un árbol maravilloso, y una de ellas sanaría a la princesa.

—¿Y cómo sabía cuál era?

—Todas estaban podridas, menos una. Esa era la manzana buena.

—Eso es muy raro, papi. La profe nos explicó el otro día que las manzanas podridas estropean a las de al lado. ¿Cómo es posible que estuvieran todas mal, menos una?

—Precisamente, porque era mágica —dijo Sancho, ahuecando la voz.

 —¿Y sanó a la princesa?

—Por supuesto. Y para celebrarlo, se casaron, fueron felices y…

—¿Y comieron perdices? —intervino la hija mayor.

—Bueno, al príncipe le gustaba más un buen chuletón al punto —respondió Sancho, con una carcajada—. Pero sí, comieron perdices.

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