«La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre,
pero no la codicia de cada hombre.»
Mahatma Gandhi, político indio
Unos años antes
Petunia y Sancho tenían una comida familiar en casa de los padres de este. Al entrar en la casa les llegó el delicioso aroma de un guiso casero que había preparado su madre. Aunque los cocineros del palacio eran excelentes profesionales, a Sancho le encantaba degustar las excelencias culinarias de su progenitora; y ella estaba encantada de que así fuera. Para la ocasión, le había preparado uno de sus platos preferidos desde niño, y su olor inundó la pituitaria de Sancho, retrotrayéndolo a su niñez.
—¿Todavía no ha llegado Enrique? —preguntó a su madre.
—No, llegará tarde, como siempre. Ya sabes cómo son estos artistas —respondió, con una sonrisa.
Enrique era el hermano pequeño de Sancho y había hecho carrera como director teatral, bajo el nombre artístico de Nani Gracia. Para su sorpresa, apenas acababan de pasar al salón para saludar a su padre cuando sonó el timbre. En esta ocasión llegaba bastante puntual.
—¿Qué pasa, Enrique? ¡Cuánto tiempo! —le saludo Petunia—. Viajas tanto que no te vemos el pelo.
—Ya sabes cómo es mi trabajo, siempre de aquí para allá, no tengo una residencia fija —rio él, mientras se atusaba el pelo.
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