Veinte años no es nada

—Volveeeeeer, con la frente marchita, las nieves del tiempo, platearon mi sieeeeen…

Sancho canturreaba el famoso tango de Gardel, mientras observaba en el espejo el paso de los años: algunas canas en el tupé («¿debería teñirlas?» «¿O me dan un aspecto más respetable?») y varias arrugas de expresión protagonizaban sus desvelos («quizás debería aplicarme otro tratamiento de ácido hialurónico»). Ensimismado como estaba, no oyó que Petunia se acercaba, ocasionándole un pequeño sobresalto.

—Jodrrr, Petu, qué susto me has dado.

—Es que cantas tan bien —alabó ella—. ¿En qué pensabas? Parecías muy concentrado…

—Estaba pensando en el paso del tiempo.

—Tú siempre preocupándote por cosas importantes. Deberías relajarte un poco, tomarte las cosas con más calma.

—Ojalá pudiera. Pero tengo grandes responsabilidades sobre mi espalda. Además, la barrosfera no deja de presionar con insinuaciones y bulos. No hay muchas personas que pudieran soportar lo que yo aguanto.

—Sí, es que tú eres el paradigma de la resiliencia. Deberías escribir un manual de resistencia, jajaja. Por cierto…

«Oh, oh.»

—Ahora que has hablado del paso del tiempo, ¿te das cuenta de que ya llevas más de seis años de presidente? ¡Qué pasada!

—¡Y otros tantos que me queden! Hay tantas cosas que hacer todavía.

—Bueno, lo dicho, no te agobies. Tampoco puedes hacerlo todo de forma instantánea, hay cosas que llevan su tiempo.

—Sí, es verdad —reconoció él, mientras se recostaba en el cheslón—. Hay muchos asuntos que, si no funcionan bien, es todavía culpa del gobierno anterior, el del PdP. Por ejemplo, eso de la riada. No he tenido tiempo de arreglar todo, es imposible. Ya sé que algunos me consideran un dios, pero mi poder no llega a tanto.

—Al menos, de momento —rio Petunia—. A lo que iba, ya llevamos más de seis años en el palacio presidencial.

—¿Y?

—Pues que ya toca cambiar, ¿no?

—¿Qué quieres decir? Esta ha sido la sede del presidente desde siempre. ¿Quieres que busquemos otro palacio? No te digo yo que no sea mala idea, pero…

—Sí, la verdad es que no nos vendría mal un cambio. Aunque, bueno, ahora ya me he acostumbrado a vivir en esta zona. Pero unas reformas no vendrían mal, y un cambio de muebles, algo de decoración nueva…

—Veré qué puedo hacer. Hablaré con Avendaño, a ver si se puede habilitar alguna partida presupuestaria.

—No te preocupes, ya lo he hecho yo. Tenemos disponibilidad para hacer algunas reformas y ya he encargado varios muebles que he visto en Internet. No quiero que te preocupes tú de estas minucias, que ya bastante tienes con llevar el país en tu cabeza.

—Ahí tienes toda la razón. Gracias, Petu, es un alivio que te ocupes tú de la intendencia. No sé qué haría sin ti.

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